Matar al opositor, asesinar a quien reclamara, desaparecer físicamente a los que levantaran la voz, se ha reactualizado.

Por Roberto Mejía Alarcón

Entre la razón y la violencia se ha impuesto ésta última. La desgracia que vive el Perú de estos tiempos, se aproxima mucho a la existencia tribal, aquella de los tiempos más oscuros de la humanidad. Esos en los que se ignoraba todo sentido de ecuanimidad y el derecho a la vida, el más elevado de los derechos humanos, no se concebía como tal.

Los muertos, primero en Ayacucho y ahora en Juliaca, casi medio centenar, demuestran que aquí se ha pervertido la palabra democracia y que, en cambio, el autoritarismo se ha impuesto por la voluntad de un gobierno transitorio que carece de total talante para hacer realidad el diálogo social, aquel mecanismo de intercambio de puntos de vista, aparentemente irreconciliables y que, sin embargo, luego de la Segunda Guerra Mundial, logró conciliar los intereses de quienes se aferraban al control del poder económico y de los que estaban en el otro lado de la frontera, o sea los olvidades del bien común.

A estas alturas aparentemente podría ser imposible esa exigencia civilizada, más aún cuando la presidenta transitoria del gobierno, proclama no entender el porqué de las protestas multánimes sobre todo en el sur peruano y cuando el jefe del gabinete ministerial, escoltado por fusiles y bayonetas, envalentonado grita aquí nadie se retira.

El problema es mayúsculo y su solución está muy por encima, de estos personajes, ahora deslegitimados por su falta del más elemental criterio para gobernar un país, en donde desde las pasadas elecciones generales hay un clima de incertidumbre política, con lo que esto significa para la economía y la atención de la problemática social.

Descontentos y un pueblo enrabiado incendia al Perú

Sin embargo, el diálogo social o el rótulo que le quieran dar, tiene factibilidad. Para esto es menester que haya capacidad de renunciamiento de quienes no han sabido, no saben, que la investidura de mandatarios, de representantes de la ciudadanía, tiene sus alcances y sus límites. Y no los han sabido cumplir, creando así un ambiente de desconcierto, de malestar y de repudio.

Hoy en día, el Perú cuenta con una preciada juventud que no ha tenido oportunidad de hacer escuchar su palabra en los foros que corresponde. Y no me estoy refiriendo solamente a la juventud física, a la cronológica. No, yo hablo también de quienes, con juventud moral y mental, desde la intelectualidad, de la cultura, de los movimientos sociales, del empresariado sensible e inteligente, que están en las regiones de todo el territorio nacional. Ellos, que han dado muestras de conocer las causas del subdesarrollo político, económico y social, están, lamentablemente, ausentes en esta hora dramática del Perú de todos.

Allí están las raíces de la anomia que van en aumento y que hay que detener cuanto antes. Pero no quitándole la vida a quienes reclaman, sino más bien abriendo paso al diálogo, para priorizar los problemas de la economía y el angustioso conflicto de la miseria moral y material.

Mis palabras podrían ser tomadas como una utopía. No faltarán los que digan que no hay lugar para hablar y que no existen condiciones ni personas para ese anhelo del diálogo. Yo los refuto, haciendo recordar que en la historia de la humanidad hay numerosos ejemplos y, también en la de nuestra patria. Quizá no dotados de la fortaleza suficiente, pero que han servido para encaminar al país por las rutas de la democracia. Aunque frágil, es cierto, pero pasos de alguna manera positivos.

¿Y quién los va a convocar? Ese es el reto. No serán los que desgobiernan. Tienen que autoconvocarse al amparo de lo consagrado en la Carta Magna y cuánto antes mejor, porque los muertos de hoy demandan descansar en paz.