Por Roberto Mejía Alarcón

Constitución Política si, Constitución Política no. Así están las cosas en el mundo político. Mundo que no es exclusivo de quienes saben lo que dicen, de los que saben algo y, también, de los que hablan porque tienen boca. En fin, así es la vida en democracia, aunque frágil es verdad en Perú.

Un tema apasionante y sumamente discutido es el que corresponde al Estado. El tema es insoslayable, pero sería hacerle el juego al manoseo neoliberal convertirlo en el tema central polarizado en el actual debate perverso entre Estado y mercado.

En el desarrollo político de nuestro país y en líneas generales latinoamericano históricamente primero existió el Estado y mucho después la Nación. Aun hoy en día existen países con identidades y cohesiones nacionales bastante precarias y frágiles. Históricamente hemos tenido un Estado autoritario, oligárquico, extranjerizante que, salvo algunos momentos y en muy pocos países, manifestó ciertos atisbos de preocupación humana y social. Pero nunca hubo un encuentro sólido y profundo con las mayorías nacionales y la nación y menos con la clase trabajadora y con los sectores olvidados o marginados.

Un Estado particularmente discriminatorio, represivo y hasta menospreciador de esos sectores abandonados, porque así ha sido hasta ahora un Estado pensado, dibujado y usufructuado impunemente por una minoría privilegiada. Un Estado que con la complicidad de la partidocracia invadió, ocupó y atrofió la sociedad civil, al pueblo, a las gentes, la ignoró, la manipuló..

Perú: 200 años sin nación, ni Estado hegemónico. |

Así es la historia igualmente en Perú. Es evidente que hasta la fecha hay insatisfacción ciudadana. Esto debido a que hemos tenido un Estado altamente burocratizado, corrupto, mentiroso, especulativo, sin ninguna capacidad para asumir las necesidades básicamente de las gentes, espectador cómplice de los robos sociales de los potentados y de explotación desnacionalizadora de los poderes transnacionales. En suma, un Estado incapaz de promover y facilitar la justicia social y la solidaridad. Sin abandonos, sin revanchas y menos discriminación.

Por eso es que ahora, ese Estado histórico ha merecido siempre las críticas y el repudio de las mayorías nacionales. No se puede negar, tal es la realidad. En distintas formas y contenidos, esas mayorías nacionales, en forma constante exigen un Estado nuevo, un nuevo tipo de Estado.

Iniciar y culminar la construcción de la Nación, reforzar y profundizar la identidad nacional es una tarea muy importante o más que el tema del Estado, porque si es verdad que no hay nación sin pueblo, carece de importancia el Estado sin Nación. La nación no es una entelequia. Es la comunión de los que vivieron, los que viven y los que vendrán, es la continuidad, unidad y singularidad en el tiempo y en el espacio que expresa la voluntad de las personas, del pueblo, de identificarse con el reconocimiento de un pasado común, en un presente compartido sobre valores fundamentales y en un futuro que promueva y enriquezca con la peculiaridad nacional la construcción de la gran nación peruana.

Concluyo. No hay Estado sin Nación, no hay Nación sin pueblo, sin las personas. Lo contrario es pretender una abstracción o querer identificar a la Nación y a el Estado con los intereses de una élite. Identidad nacional e identidad cultural se alimentan y se profundizan recíprocamente. Por eso nadie puede dudar sobre la importancia clave de la Constitución Política del Estado.