Por Boaventura de Sousa Santos*

Un fantasma recorre el mundo: el regreso de la extrema derecha. Se trata de un movimiento global con ritmos nacionales muy diferentes. Tiene muchas similitudes con lo que sucedió en las décadas de 1920 y 1930, pero también presenta diferencias. Analizo unas y otras con la convicción de que la historia solo se repite si dejamos que eso suceda. Estamos ante movimientos que surgen en medio de crisis sociales por venir y que explotan cuando las crisis estallan. En la década de 1920, fue la Primera Guerra Mundial y la crisis financiera que siguió, que estallaría en 1929.

Hoy se trata de la crisis de acumulación de capital frente a las concesiones que este tuvo que hacer al pueblo trabajador después de la Segunda Guerra Mundial para poder competir políticamente y con paz social con la opción socialista del bloque soviético. La reacción comenzó en la periferia del sistema (golpes de Estado en Brasil en 1964 y en Chile en 1973) y se convirtió en un programa global cuando en 1975 la Comisión Trilateral declaró que la democracia estaba sobrecargada debido a un exceso de derechos. Fue el ataque a los derechos económicos y sociales, a la socialdemocracia, un ataque en el que los propios partidos socialistas colaborarían, con la tercera vía de Tony Blair. Tras el ataque a las Torres Gemelas (2001) y la crisis financiera (2008) comenzó el ataque a los derechos cívicos y políticos. Las condiciones para la reaparición de la extrema derecha estaban creadas.

La crisis pandémica y el periodo de pandemia intermitente en el que vamos a entrar pueden ser el detonador de la explosión de la extrema derecha. Para evitarlo, solo hay una solución: impedir que se agrave la crisis social, lo que no fue posible en los años 1930.

Saber hasta qué punto los programas de recuperación y resiliencia podrán contener la grave crisis social que se aproxima es una pregunta abierta, una crisis que actualmente tiene tres puntos de ruptura: Colombia, Brasil y la India. Portugal tendría unas condiciones privilegiadas para evitar lo peor si supiera actuar como Alemania y los países nórdicos: servirse de Europa como jefe sin servir a Europa como empleado.

La segunda similitud/diferencia se refiere a la relación entre democracia y extrema derecha. La similitud es que la extrema derecha utiliza la democracia con el único propósito de destruirla. Lo hace de muchas maneras. La principal consiste en promover una lógica de pertenencia, sea nacionalista o racista, contra la lógica de participación propia de la democracia. La diferencia es radical y, por tanto, invisible.

La derecha, por su parte, confía en poder domesticar a la extrema derecha y esta, en subvertirla. Fue así en Alemania en la década de 1920. Lo que puede suceder hoy en otros países es una cuestión abierta. En Portugal, los intelectuales de derecha, interesados o no en la promoción de la extrema derecha, siguen la misma línea discursiva: estamos prestando demasiada atención a la extrema derecha y esto la favorece. Exactamente como en Alemania a finales de la década de 1920.

La tercera similitud/diferencia se refiere a la lucha ideológica. Esta lucha tiene cuatro frentes: el discurso de odio dirigido a los que no pertenecen (ya sea judío, gitano, negro, homosexual, comunista, izquierdista y, finalmente, demócrata); la infiltración de los medios de comunicación; la sustitución de la política por la moral; la seducción de los estratos sociales descontentos y emergentes. Con diferencias, se están activando todos los frentes. En Portugal, el discurso de odio tuvo un estallido estremecedor durante los debates presidenciales y se pudo entender que los medios públicos estaban infiltrados.

La cuarta similitud/diferencia se refiere a la reinvención del pasado. Consiste en convertir las victorias en derrotas y las derrotas en victorias. En Alemania, la paz posible después de la Primera Guerra Mundial se convirtió en humillación nacional; la derrota, en algo que solo no se evitó debido a la debilidad de los gobernantes democráticos. Hoy, en Portugal, los intelectuales de derecha aprovechan subliminalmente el desliz de la participación hacia la pertenencia para elogiar el fascismo colonial de Salazar porque devolvió el orgullo nacional a los portugueses, dio más calidad a la dirección política y, sobre todo, no fue corrupto. Nada de esto tiene que ser cierto para ser efectivo..

Para detener la deriva de la participación en pertenencia, la historia podría enseñarnos algo si quisiéramos aprender. Aquí hay una lista realista de propuestas. El agravamiento de las desigualdades y de la crisis social deben evitarse a toda costa con políticas de cohesión eficaces. Los servicios públicos deben refinanciarse y repensarse, especialmente en las áreas de salud y educación. La corrupción debe ser eficazmente combatida. La oposición de derecha democrática debe perder la ilusión de poder domesticar a la extrema derecha. A su vez, los partidos a la izquierda de los partidos socialistas deben asumir que su adversario principal es la derecha y la extrema derecha, y no los socialistas.

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(*) Académico portugués. Director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra (Portugal).