Por Walter Krohne

Jair Bolsonaro es uno de los  presidentes brasileños “más fracasados” de la era democrática brasileña iniciada tras la larga dictadura militar de 21 años entre 1964 y 1985. Así, al menos, se comenta en varios centros de estudios internacionales y latinoamericanos.   En este momento su  gobierno está enredado en una crisis total y absoluta, en lo político, en lo económico, en lo social, en cuanto a imagen pública nacional e internacional y sobre todo en la forma en que ha manejado la pandemia, no como líder y quizá mucho peor de lo que lo hizo Donald Trump en EE UU.

Su caso se le compara con el mandato de Collor de Melo que gobernó –claro sin pandemia– entre 1990 y 1992 y se caracterizó por un plan de reestructuración severo con privatización de empresas, desregulación de las negociaciones salariales, confiscación temporal de ahorros y depósitos bancarios, recortes en programas sociales, etc. Todo esto llevó al país a un brusco aumento del desempleo, los salarios cayeron y el país se encontró en recesión económica con acusaciones de corrupción en su contra que los condujeron a enfrentarse a un impeachment  en el parlamento, el que finalmente lo destituyó.

Si bien en el caso de Bolsonaro no hay acusaciones activas de corrupción personal, hasta ahora, que lo pudieran conducir a un impeachment,  su figura al mando de este gigante sudamericano es sumamente fragil.

Hay que pensar que Brasil  es uno de los países más afectados en el mundo por la pandemia, y solo el viernes se registraron 3.650 decesos. Algunas ciudades como Sao Paulo y Río de Janeiro limitaron las actividades no esenciales y las unidades de cuidados intensivos ya están casi totalmente colapsadas. Además,  Bolsonaro cuestiona la aplicación de cuarentenas por razones economicistas o neoliberalistas.

Brasil representa actualmente la cuarta parte de las muertes de COVID-19 de todo el mundo, mucho más que cualquier otro  país, y los expertos en salud advierten que el país está al borde de una calamidad pública aún mayor. El promedio de siete días es de 2.400 muertes diarias y llegará a 3.000 en las próximas semanas, dicen los expertos. Es casi el nivel más alto registrado en Estados Unidos, aunque Brasil tiene dos tercios de la población del país norteamericano.  Uno de los expertos Miguel Nicolelis profesor de la Universidad Duke de Carolina del Norte, estima que la cifra de muertes llegará al medio millón en julio y superará la de Estados Unidos a fines de este año.

Pero  aparte de la pandemia, que es el problema más graves que tiene Brasil en estos momentos,  hay otros de tipo político y muy graves que están haciendo inestable la actual posición  del político de extrema derecha. Este  lunes dejaron sus cargos el ministro de Relaciones Exteriores, Ernesto Araújo y el de defensa Fernando Azevedo, lo que revela claramente la magnitud de la crisis política actual.

Según El País, el  presidente decidió «canjear a seis de sus ministros». En un momento de convulsión en Brasilia por la presión a raíz del  mal manejo de la pandemia la salida de Azevedo, amigo del presidente desde hace mucho tiempo, evidenció una crisis en la relación con las Fuerzas Armadas.

«Esta es una grave crisis militar», dijo el cientista político João Roberto Martins Filho (foto a la izquierda), al    comentar la posibilidad de una renuncia conjunta de los jefes de las tres ramas de las Fuerzas Armadas que  podría ocurrir en cualquier momento, como además ya se especula. “Si se confirma, será la primera vez desde la redemocratización que esto ocurre. Lo que queda por descubrir es qué va a hacer Bolsonaro ”, dice Martins Filho.

Para algunos observadores la crisis ministerial aún no termina, porque todavía podría caer el ministro del Medio Ambiente Ricardo Salles (Medio Ambiente) que se ve como un  acomodado  ajuste para ganarse al denominado “Centrão” o gran centro político que no se refiere a partidos netamente centristas iodeológicamente hablando sino de un conjunto de partidos políticos que no poseen una orientación ideológica definida, sino que tienen como objetivo asegurar su cercanía al Poder Ejecutivo para que este les garantice ciertas ventajas y les permita distribuir determinados privilegios por medio de sus prácticas clientelistas.  Y efectivamente parece que el Gobierno de Bolsonaro depende cada vez más de este sector con el cual puede llegar a evitar una acusación en su contra y su Gobierno, ya no en el Parlamento en Brasilia sino ante la Corte Penal Internacional (CPI).

Además el problema de Bolsonaro es también el hecho de que ya no le quedan a su lado figuras experimentadas a las que pueda recurrir. Es  el caso de  nuevo canciller, Carlos França, que  no tiene mayor experiencia política internacional ya que el puesto más alto que ha ocupado en la diplomacia fue el de segundo al mando de la embajada de Brasil en Bolivia. En el Ministerio de Defensa asumió Walter Souza Braga Netto.

A principios de este mes, Bolsonaro reemplazó al ministro de Salud, Eduardo Pazuello, un general en servicio activo que había supervisado la mayor parte de la respuesta al coronavirus, al que se culpó por un programa de vacunas lento y desigual. En estos casos siempre se trata de culpar a alguien que no sea el Presidente.

En el caso de la salida de Araujo, el Ministerio de Asuntos Exteriores  no respondió inmediatamente a una solicitud de comentarios sobre el cambio. Sin embargo se conoce que en los últimos días, Araujo irritó a importantes legisladores, que cada vez pedían más su sustitución y a los que molestaban sus críticas a China, una superpotencia productora de vacunas.

No son buenos días ni tampoco noches para Brasil, pero la situación es demasiado tensa y podrían producirse allí cambios fundamentales si la crisis actual sigue en crecimiento.