Por Steven Forti

Las recientes elecciones catalanas dieron lugar a un escenario más moderado que el de 2017. Hay dos mayorías posibles en el nuevo Parlament: por un lado, una mayoría independentista ideológicamente abigarrada; por el otro, una mayoría de izquierdas. Aunque más difícil de concretar, esta última opción impediría la consolidación de bloques identitarios y, eventualmente, el crecimiento de la extrema derecha, además de facilitar los vínculos con Madrid.

En 2017, Cataluña se convirtió en noticia en todo el mundo. El referéndum de autodeterminación convocado por el gobierno catalán el 1 de octubre, la dura intervención de la policía española, los tiras y aflojes de los días posteriores, la declaración unilateral de independencia del 27 de ese mes, la intervención de la autonomía catalana, la convocatoria de nuevas elecciones autonómicas para el 21 de diciembre y la constitución de un nuevo gobierno independentista fueron los hechos más notables de aquel momento. El conflicto catalán parecía haberse quedado en una situación de impasse, sin grandes avances tras el fracaso de la vía rupturista por parte del independentismo. Un conflicto –por suerte, solo político– congelado en el tiempo.

Poco a poco, el interés internacional ha ido decayendo, más allá de algunas noticias relativas a la condena por sedición de los líderes independentistas a raíz de la declaración de independencia. Han pasado tres años en los que Cataluña no ha tenido un gobierno autonómico –formalmente sí, en realidad no, porque la retórica y la propaganda lo han copado todo, mientras la gestión ha brillado por su ausencia– y las divisiones entre las formaciones independentistas han ido agrandándose cada día más hasta el punto que el pasado otoño no consiguieron ni llegar a un acuerdo para sustituir en la presidencia de la Generalitat a Quim Torra tras su inhabilitación. De ahí la convocatoria de elecciones anticipadas para el pasado 14 de febrero. ¿Qué ha cambiado respecto a 2017? ¿Qué escenarios se abren ahora?

2021 no es 2017

Los resultados electorales del 14 de febrero nos muestran que aparentemente poco ha cambiado. Cataluña sigue dividida por la mitad entre los favorables y los contrarios a la independencia. Para ser precisos, los votos a los partidos independentistas han superado por primera vez la barrera «psicológica» del 50% (eran el 47,5% en 2017) y han aumentado en cuatro escaños la mayoría parlamentaria que ya poseían. Sin embargo, ese 50,7% esconde que, a causa de la altísima abstención por la pandemia (46%, 26 puntos más respecto a 2017) y un cierto cansancio de la población, las formaciones independentistas han perdido por el camino más de 600.000 votos.

La situación ha cambiado notablemente. Por un lado, ha desaparecido cualquier posibilidad de obtener apoyos en el ámbito internacional para la creación de un Estado catalán. En la Unión Europea ni se plantean la posibilidad de unos cambios de fronteras en un Estado miembro, el Brexit no ha desatado un temido efecto dominó y en la Casa Blanca ahora se sienta Joe Biden, no Donald Trump.

Por otro lado, en Cataluña, el llamado procés sobiranista, empezado allá por 2010-2012, ha concluido, aunque muchos no se hayan querido dar por enterados. El independentismo, eso es evidente, mantiene un importante caladero de votos –la mitad de la población a grandes rasgos–, pero no tiene la fuerza para obtener una mayoría social consistente ni para llevar a cabo una ruptura unilateral.

Gana el diálogo y la moderación

El antiguo líder de la revolución independentista , Puigdemont, vive «en el exilio» en Bélgica.

Estas elecciones catalanas dejan un escenario que puede dar pie a una serie de cambios a mediano y largo plazo, aunque mucho dependerá de las decisiones que se tomen en las próximas semanas. De hecho, en el espacio independentista Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) (21,3%, 33 diputados) se convirtió por primera vez en la primera fuerza, superando, aunque por solo 35.000 votos, a Junts per Catalunya (JxCAT) (20%, 32 diputados), la formación liderada por el expresidente Carles Puigdemont que, para evitar la cárcel, lleva más de tres años instalado en Bélgica. Por otro lado, el sector anticapitalista del independentismo, representado por la Candidatura d’Unitat Popular (CUP), ha mejorado sus resultados (6,7%, 9 diputados), capitalizando la frustración de una parte del electorado secesionista por las promesas incumplidas y las trifulcas entre ERC y JxCAT.

La vía del diálogo y la superación del bloqueo de una década de procés han ganado también entre los partidos antiindependentistas. Si en 2017 el primer partido había sido de forma inesperada Ciudadanos (25%, 36 diputados), que se había erigido en una especie de baluarte para los olvidados del procés, es decir los catalanes que se sienten también españoles, el pasado 14 de febrero ha sido el Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC), la federación catalana del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), el ganador de las elecciones, convirtiéndose en el primer partido tanto en votos (23%) como en escaños (33) y recuperando muchos de los apoyos perdidos tras 2010, sobre todo en sus feudos históricos, como el área metropolitana de Barcelona.

La ultraderecha de Vox entra con fuerza

Más evidentes aún son los cambios en el espectro de la derecha españolista. Por un lado, la burbuja de Ciudadanos se ha desinflado completamente, mostrando que el partido liderado hasta hace poco por Albert Rivera, tras la caída en las elecciones españolas de noviembre de 2019, puede desaparecer más pronto que tarde, incluso en la comunidad autónoma que le ha visto nacer. Respecto a 2017, Ciudadanos ha perdido un millón de votos y 30 diputados al obtener un mísero 5,5% y 6 escaños. Los sueños húmedos de Rivera, que pensaba convertirse en el Macron español, se han desvanecido rápidamente entre la irresponsabilidad de la repetición electoral de 2019 –no quiso pactar un gobierno con Sánchez en verano de aquel año, obnubilado por querer superar el Partido Popular (PP) y convertirse en la formación hegemónica de la derecha española– y la incapacidad para ofrecer una alternativa política en Cataluña tras el éxito de 2017. Ciudadanos ha sido, en pocas palabras, un producto del procés: ahora que este ha terminado, también Ciudadanos desaparece de la escena.

Por otro lado, el PP no consigue salir de las catacumbas: incluso con Ciudadanos desinflado, los populares pierden incluso un diputado y con el 3,8% de los votos se quedan tan solo con tres representantes en el Parlament. No todo depende de las revelaciones del ex-tesorero del partido, Luis Bárcenas, que ha mostrado, una vez más, que la corrupción era endémica en la formación que ha gobernado España durante 14 años.

Ahora bien, el problema para el partido liderado por Pablo Casado es que los ultraderechistas de Vox entran con fuerza en el Parlamento catalán: con el 7,7% y 11 diputados se convierten de golpe en la cuarta fuerza. Tampoco esto, en realidad, debería extrañar: desde su ingreso en la política española a finales de 2018, la formación de Santiago Abascal ha obtenido representación en prácticamente todas las comunidades autónomas –en algunas apoya los gobiernos de PP y Ciudadanos, como en Madrid y Andalucía– y en noviembre de 2019 consiguió enviar a las Cortes en Madrid 52 diputados, convirtiéndose en el tercer partido con más representación en el parlamento español. Siendo Vox, en primer lugar, un fenómeno de reacción al independentismo catalán, era esperable que consiguiese un resultado más o menos similar también en Cataluña. Es cierto que obtuvo mejores resultados –rozando incluso el 15%– en el área metropolitana de Barcelona, donde residen muchos hijos de la inmigración proveniente del sur de España en la segunda mitad del siglo XX, mayoritariamente castellano hablantes, pero no podemos descartar que en la decisión de escoger la papeleta de Vox se encuentren también otros elementos, como el discurso antiinmigración o una protesta contra las restricciones sanitarias que han golpeado duramente el sector de la hostelería y la restauración.

En suma, la derecha española está viviendo una fase de profunda transformación y la lucha por la hegemonía –ya no entre el PP y Ciudadanos, sino entre el PP y Vox– sigue abierta. El PP deberá entender cómo reaccionar: ¿comprará el discurso de la ultraderecha o marcará distancias? Hasta ahora ha habido una de cal y otra de arena. En síntesis, ¿Casado quiere ser Boris Johnson o Angela Merkel? Esta es la verdadera cuestión de fondo.

(*) – Artículo de Nueva Sociedad publicado resumido en Kradiario.