Por Hugo Latorre Fuenzalida

Nos hemos transformado en una “democracia electoralista”. Siempre tenemos en mente cuál puede ser “el candidato”. Las encuestas son nuestro oráculo, pues desde ellas se teje el destino de los pueblos como el nuestro. Sin embargo, afortunadamente, hemos tenido que sufrir pocos caudillos. Ibáñez quizás fue el último. Bachelet y Piñera, a pesar de repetirse el plato, no llegan a la condición de “caudillos”, porque el caudillo teje el poder en torno a su persona, de manera inapelable, en cambio estos presidentes, antes nombrados, forjan sus liderazgos desde una estructura partidaria poderosa e independiente del Presidente.

En consecuencia, los candidatos se han dado la molestia de redactar “programas de gobierno”, pues se supone que deben representar ciertos intereses populares que deben ser puestos en papel, para definir una especie de contrato. Algunos, después de electo el líder, han venido a  alegar que no leyeron el programa y se niegan a ratificarlo en las leyes y obras de gobierno. Pero son casos menores; Bachelet debió sufrir esos desaires y conjuras. Piñera ha dado uno que otro empellón a sus aliados en temas delicados, como las cárceles de privilegio y denuncias sobre los “cómplices pasivos”. En fin, con todo se las han arreglado para no imponerse como “caudillos” al estilo Chávez o Bolsonaro.

La hora de los alcaldes

Lavín, de la UDI, en conversación con el también candidato presidencial comunista Daniel Jadue ¿De qué pueden hablar?

Los ediles se han transformado en la reserva moral de la fe pública (aunque no todos y no siempre), concentrando alrededor del 50% de credibilidad o confianza, contrario a los parlamentarios y ministros que reptan entre el 3 y el 12%.

Con este tema de la Pandemia, los alcaldes han tenido un rol de mucha importancia y la gente agradece su cercanía y solidaridad.

No es raro entonces que las dos figuras más relevantes como prospectos presidenciales sean alcaldes. Claro que persiste el centralismo tan inconmovible en Chile: los dos Ediles representan comunas del Gran Santiago; uno del barrio acomodado y el otro de un barrio popular, lo que representa exactamente la división social de Chile y, además, la división ideológica: una fracción conservadora y una mayoría que aspira a transformar la sociedad.

Lo raro de este fenómeno está en que ambos dirigentes edilicios pertenecen a partidos políticos, pero su arrastre popular no tiene relación alguna con su militancia. Joaquín Lavín, pertenece al partido más conservador, pero se declara “progresista”, hasta arriesgar a identificarse como “socialdemócrata”, cosa que debería erizar los cabellos a la gente de su partido, siempre extremados en todo extremo.

Daniel Jadue, militante del PC y reconocido defensor de la Venezuela de Maduro y de Corea del Norte, con su régimen monárquico de la Hoz y el Martillo, ahora comienza a aceptar que, en Venezuela, el madurismo comete violaciones a los DD.HH. Claro que no deja de lanzar al gobierno chileno un recordatorio sobre los propios pecados al respecto. Pero eso es parte de la dialéctica del poder.

Jadue debe abuenarse con los sectores políticos que no toleran el modelo chavista, y sabe el efecto que produjo la publicidad sobre el “chilezuela” en la última campaña.

¿Puede ser comunista?

No hay impedimento de ningún tipo, excepto la sospecha ideológica. La sospecha parte de los riesgos de que una vez electo se entusiasme y lleve las cosas a extremos que pongan en peligro la “estabilidad” del sistema. Ese es el “miedo” que meterá la derecha si el candidato es Jadue.

Personalmente creo que la situación de hoy no es la misma que la de los tiempos de la Unidad Popular.

Los socialistas, PPD y radicales, ya no andan con el Che o Fidel puestos en la camiseta, tampoco los del Frente Amplio, para qué decir la DC.  Y como sin el apoyo de esos sectores, Jadue difícilmente será electo presidente, entonces es dable pensar que su programa de gobierno será como el último de Bachelet y un poco más, exigido por el proceso constituyente.  No habrá revolución; apenas una transformación de ciertas áreas que, por lo demás, ya las grandes mayorías reconocen como indispensables e impostergables.

Si el mismo candidato de la derecha más retrógrada de Latinoamérica, Joaquín Lavín, sostiene que el régimen, como está, es inviable, que se requiere hacer cambios tan importantes que ya, por poco, nos aproximaríamos a una realización propia de los socialdemócratas europeos. Yo quiero entender que Lavín interpreta la socialdemocracia como un modelo de economía más cerca de la “postkeynesiana”, antes que la Neokeynesiana, pues neokeynesianos han sido Klinton, Blair y los socialdemócratas en Italia y Francia. Postkeynesianos son en gran medida los regímenes de los países bajos, además de Suecia, Finlandia, Uruguay de Mujica ¿o es mucho pedir a caballo tan flaco?

Jadue, puede ser candidato, no le faltan cualidades ni méritos, pero si desea triunfar tendrá que deshacerse de mochilas que aún pesan mucho en el promedio de los electores chilenos y, además, tendría que entusiasmar a una multitud de electores jóvenes que ningún candidato ha logrado movilizar desde hace más de 30 años. De no ser así, el poder quedará en manos del elector medio que, sabemos, vota a seguridad más que a cambios sustantivos, aunque se sepa que Chile requiere un tratamiento de shock en muchas materias, si no quiere derivar a un círculo vicioso de inmovilidad explosiva.