Autores: Felipe Harboe, Andrés Velasco e Ignacio Walker

Al cumplirse 30 años desde la recuperación de la democracia, llega el momento de renovar nuestro pacto político y social, y también de generar nuevas alternativas políticas. El proceso constituyente en marcha debe ser el marco para una Convergencia Democrática entendida como el punto de encuentro entre socialdemocracia, socialcristianismo y social liberalismo.

No dudamos en considerar los 20 años de la Concertación como los mejores del último siglo. Los derechos humanos como el fundamento ético de la transición, la democracia de los acuerdos básicos y la opción de crecimiento con equidad, entendida como la búsqueda de alternativas al neoliberalismo y el neopopulismo, fueron los pilares de la experiencia de la Concertación.

Con la tranquilidad propia del paso del tiempo, podemos decir que avanzamos mucho. Pero también que esos cambios generaron nuevas necesidades y faltó visión y audacia para impulsar transformaciones adicionales que disminuyeran las brechas de desigualdad, de oportunidades y derechos. Desde el punto de vista político, la principal autocrítica que nos hacemos quienes participamos en el proyecto político de la Concertación es que no fuimos capaces de legar un cuerpo de ideas y un elenco de nuevos liderazgos que la trascendiera.

No se trata de revivir la Concertación, sino, a partir de las transformaciones de las últimas tres décadas y de los nuevos desafíos a nivel global, de avanzar hacia una nueva etapa de crecimiento inclusivo y desarrollo sustentable.

En su defensa del “reformismo con todas sus letras”, como sello distintivo del progresismo moderno (“Después de la Quimera”, 2008), Ernesto Ottone señala que “los componentes de la visión reformista son el liberalismo social, el socialcristianismo y, sobre todo, la socialdemocracia”, confrontados los tres a los desafíos de la modernidad.

Entendemos la opción del social liberalismo (o liberalismo igualitario) como fundamentalmente distinta del ideario Chicago-gremialista (o neoliberalismo); la opción del socialcristianismo como distinta del ideario conservador vinculado históricamente al catolicismo integrista; y la opción de la socialdemocracia como distinta del socialismo autoritario.

La verdadera tensión que debe enfrentar una Convergencia Democrática es aquella entre democracia y populismo. El populismo nacionalista aparece como la principal amenaza sobre la democracia representativa. La defensa de la democracia y el fortalecimiento de sus instituciones es la principal tarea que tenemos por delante.

El neoliberalismo y el neopopulismo de derecha o izquierda están en las antípodas de la convergencia democrática entre social liberalismo, socialdemocracia y socialcristianismo. Estas tres tradiciones recogen la vieja aspiración de libertad, igualdad y fraternidad.

Entendemos que la perspectiva de una nueva Constitución es una oportunidad para renovar un pacto político y social anclado en 200 años de historia republicana, y al mismo tiempo abierto a los nuevos desafíos del siglo XXI. La nueva Constitución tiene que ser capaz de recoger las tradiciones constitucionales que emergen de esa historia.

La Constitución es el marco para ese proceso de deliberación y construcción de acuerdos al que llamamos política. Una buena Constitución —que garantice tanto representatividad como gobernabilidad— es una condición necesaria para tener una buena política, que permita abordar los desafíos de largo plazo de Chile con políticas públicas de excelencia y la mirada puesta en el bien común.

Los derechos humanos, entendidos como fundamento ético de la democracia, tienen que constituirse en la columna vertebral de la nueva Constitución. Destacamos en la nueva agenda de derechos humanos la equidad de género, el respeto por la naturaleza y el medio ambiente y el reconocimiento de los pueblos originarios.

Los derechos sociales entendidos como acceso garantizado a un conjunto de prestaciones de calidad —con estándares a definir legislativamente— también deben ocupar un lugar central en la nueva Constitución, de un modo compatible con la responsabilidad fiscal y la estabilidad macroeconómica. Asimismo, debe constituirse en un imperativo ético para los gobernantes el garantizar derechos básicos como educación, salud y pensiones, con independencia de la capacidad de pago de las personas.

Debemos establecer también una efectiva descentralización que apunte al fortalecimiento de los gobiernos regionales y, sobre todo, de los gobiernos municipales, para que cada territorio pueda forjar su identidad y resolver sus problemas localmente.

El marco de una convergencia entre todas las fuerzas que representan a la socialdemocracia, el social liberalismo y el socialcristianismo debe estar dado por el Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución del 15 de noviembre de 2019 y las fuerzas políticas y sociales a favor del Apruebo. Valoramos los esfuerzos en tal sentido al interior de un sector de la centroderecha democrática y liberal.

La inclusión y el respeto mutuo deben convertirse en el sello de la Nueva República que despunta. Chile puede emprender un ciclo virtuoso en que la profundización democrática y la creciente cohesión social se potencien mutuamente. Por eso nos parece imperativo avanzar en una nueva Convergencia Democrática.

(*) Nuevo Poder