Por Martin Poblete Pujol
En una semana como la presente, en agosto de 1945, bombarderos cuadrimotores B-29 de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, lanzaron dos bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki.   Este acontecimiento cambió las categorías militares de poder, también la racionalidad de las ideas y pensamiento en los estados mayores de los ejércitos de las principales potencias; marcó el comienzo del desarrollo de tecnologías capaces de generar fuerzas hasta entonces desconocidas;   trasladó prioridades de investigación científico-tecnológica de las universidades al escritorio de  jefes de estado y de gobierno.
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Hacia el fin de la guerra en el Pacífico, Japón estaba militarmente derrotado; sin embargo, con los limitados recursos disponibles a sus comandantes de terreno, su Ejército seguía ofreciendo tenaz resistencia, alzando la posibilidad de lucha sangrienta  un metro cuadrado sobre otro, de intentarse el desembarco en el territorio considerado vital para los líderes japoneses.
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El intento de mediación del Conde Bernadotte fracasó por la negativa del gobierno del Primer Ministro Príncipe Fuminaro Konoye, de siquiera considerar la  rendición incondicional exigida por los Aliados.    Churchill, en conversación con Truman, planteó la posibilidad de matizar el lenguaje y permitir a Japón salvar su honor, pero Truman rehusó bruscamente la proposición:  «Después de Pearl Harbor no puede hablarse de honor militar japonés».   En consecuencia, ambos estados mayores iniciaron planes para la invasión de Japón;  Churchill dispuso la formación de una Flota Británica de Oriente con dos portaviones, en señal inequívoca de apoyo a los Estados Unidos.
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La decisión de usar las dos bombas atómicas fue tomada por el Presidente Harry Truman y sus principales asesores civiles en Washington, Churchill fue debidamente informado;  la racionalidad, evitar la sangrienta invasión de Japón, con la seguridad de muchos miles de muertos en los campos de batalla.    Robert Oppenheimer y los científicos en Los Alamos, tuvieron idea del uso inminente de las bombas atómicas al implementar el envío de los artefactos al frente;  los oficiales superiores en el escenario de guerra, el Comandante Supremo Pacífico General Douglas MacArthur y el Comandante de las Flotas Combinadas Almirante Chester Nimitz, no fueron consultados, recibieron órdenes y las ejecutaron.
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Por algo mas de dos años, Estados Unidos tuvo el monopolio del poder nuclear; la prueba de una bomba atómica en territorio de la entonces Unión Soviética marcó el fin de la exclusividad americana,  abrió las puertas al comienzo de la mas peligrosa carrera armamentista de que hubiera memoria.
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Oppenheimer conoció a los principales científicos nucleares rusos en una visita a Cambridge a fines de los 1920s, Pyotr Kapitza, Igor Kurchatov, Yuri Kariton; sabía de sus capacidades, por eso rehusó apoyar la propuesta de Edward Teller de iniciar la construcción de la bomba de hidrógeno, porque cualesquiera fueran las cualidades del diseño de Teller, los rusos tendrían el suyo, sería una historia recurrente sin final.
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En episodio entre oscuro y siniestro, Oppenheimer fue privado de su credencial de acceso a información clasificada, efectivamente sacado del programa nuclear americano;  el espacio quedaba libre a merced de Teller, y quienes cómo él creían en alcanzar superioridad inigualada por largo tiempo con la Bomba H, conocida también como «the Super».    El genio del Dr. Andrei Sakharov, con diseños originales, frustró la quimera de Teller y confirmó el pronóstico de Oppenheimer.
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La competencia por construir artefactos nucleares cada vez mas poderosos alcanzó proporciones demenciales en las décadas de 1960 y 1970, Erasmo de Rotterdam tomó residencia simultánea en Washington y en Moscú.   Los estudios de miniaturización de armas nucleares, comenzados en el Instituto Cavendish de la Universidad de Cambridge por el sucesor en la cátedra de Lord Rutherford, el Dr. Paul Dirac y su principal profesor asistente el Dr. Stephen Hawking, continuaron en mucho mayores proyecciones en Estados Unidos; como en el caso de la Bomba H, los rusos habían empezado a trabajar en esa materia  hacia fines de la década de los 1980.   Las implicancias geopolíticas son tema de otro artículo.