POR MACIEK WISNIEWSKI  (*)

Cuando Renato Aroeira, un caricaturista brasileño, dibujó a Jair Bolsonaro con un tarro de pintura negra haciendo intervenciones sobre la cruz roja, convirtiéndola en una esvástica ( Hakenkreuz), con un golpe de pincel captó y tocó varios procesos que tienen convulsionado a Brasil: el creciente despotismo y autoritarismo −que según algunos bordea ya con el fascismo− del errático gobierno de Bolsonaro,  su desastroso manejo de la pandemia del Covid-19 y su apología y blanqueamiento de la historia de la dictadura militar brasileña (1964-1985): el monero fue acusado de calumnia y difamación del presidente de la república con base en la Ley de la Seguridad Nacional que data aún de sus tiempos.

Aparte del virus que va infectando a la gente –y de paso al lenguaje destruyendo la semántica, aislando el significado y trivializando la crisis, parece rondar por el mundo también un fantasma de las analogías. Un verdadero espíritu del tiempo ( Zeitgeist) de hacer apresuradas comparaciones históricas, sobre todo entre la Alemania de los 20/30, la Segunda Guerra Mundial y el presente.

Un afán, en principio noble, que acompaña el auge global de la extrema derecha, de sacar las lecciones de la historia y evitar repetir las tragedias y los errores del pasado, pero que a menudo oscurece más que explica. Esta búsqueda de paralelas que tuvo su clímax respecto a Donald Trump, está en curso igual respecto a Bolsonaro, gracias también –aparte de algunos ecos preocupantes: su desdeño a la democracia, sus políticas de odio, etcétera− a sus propias declaraciones en las que ensalzó a Hitler como un gran estratega o las de su ex ministro de Cultura que, con Wagner de fondo, plagió todo un discurso de Goebbels.

Así, para algunos, dada su conexión con sectores paramilitares −los modernos Sturmtruppen− estamos observando el ascenso de un hitlerismo tropical, él mismo es un fascista del siglo veintiuno, “un Führer en Brasilia”, o un destructor de la democracia a la par con Hitler y Mussolini. No obstante, como apuntaba Richard J. Evans –historiador de la época y el biógrafo de Hitler− al margen de este uso y abuso de las comparaciones, por más nefastos que sean los ecos, no estamos reviviendo los años 30; en el siglo veintiuno las democracias caen de otras maneras. No habrá repetición directa. Si la democracia en Brasil está agonizando, lo está haciendo a su propio modo y a su propio ritmo.

Más que al nazismo, incapaz, igual que Donald Trump,  de llevar a cabo una sincronización de todos los sectores del Estado ( Gleichschaltung), inmerso en conflictos internos e institucionales –dicho sea de paso he aquí un caso de a qué nivel llegamos con las comparaciones: uno de los ministros bolsonaristas, el duodécimo en dejar el cargo, aludió a la pelea de su administración con el sector judicial, enfatizando su propia victimización, como… La noche de los cristales rotos ( Kristallnacht); mejor le habría quedado La noche de los cuchillos largos ( Nacht der langen Messer), pero incluso así, todo esto ya llegó ad absurdum…−, lo que trata de reconstruir Bolsonaro es el bloque de poder que estaba detrás del golpe de 1964 para quitar las restricciones puestas al capital durante los gobiernos de Lula y Dilma Rousseff, por más laxos que hayan sido. De allí la base material de su empuje revisionista para reescribir la historia de la dictadura como un régimen democrático de fuerza  o de su defensa de sus verdugos y torturadores, un característico afán de la derecha actual que neutralizando el pasado, trata de normalizar la toxicidad de sus políticas del presente.

La desastrosa política sanitaria es un buen ejemplo de esto: su negacionismo de la gravedad del coronavirus −la alusión al negacionismo del Holocausto aquí parece apropiada−, su menosprecio como “gripecita”, su alentar a sus seguidores a no respetar medidas de aislamiento social e incluso a invadir los hospitales para demostrar que no hay tantos enfermos y –copiados de Donald Trump− los llamados a volver a la normalidad con los cuales desarrollaba un discurso que invertía la realidad, que lo absolvía y endilgaba sobre otros las responsabilidades, un verdadero discurso genocida  dirigido a los ricos que controlan la economía y quieren volver a ganar dinero a cualquier precio, no sólo expuso límites y fallas de su propio proyecto, sino simplemente puso en riesgo la salud y la vida de millones de brasileños.

Brasil ya es el segundo país más afectado detrás de Estados Unidos con más de 50 mil muertos por el Covid-19, entre los que –muy en el tenor con el propio racismo de Bolsonaro− lideran los negros y los indígenas del Amazonas al borde de un verdadero genocidio−, algo que llevó a unos comentaristas –¡el espíritu del tiempo no nos deja en paz!− a comparar su actitud con la falta de compasión –una envenenada influencia de Nietzsche − de los perpetradores del Holocausto, como Hans Frank, el nefasto jefe del Generalgouverment en la Polonia ocupada.

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*Periodista y analista polaco. En “La Jornada” de México, 26.06.20-Aporte de Other News de Roma.