Las nuevas fragatas antiaéreas FFG-11 Capitán Prat (ex HMAS Newcastle) y FFG-14 Almirante Latorre (ex HMAS Melbourne) incorporadas por la Armada de Chile partirán de Australia en mayo y arribarán al país a mediados del mes de junio
POR MARTÍN POBLETE
De manera un tanto escueta, la Marina ha informado de la compra en Australia de dos fragatas, originalmente fabricadas en el Reino Unido a comienzos de la década de 1990, cuando se renovaron las naves restantes de aquellas usadas en la Guerra de las Malvinas.
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En el año 2010, aprovechando la sustancial mantención (overhaul) a los veinte años de uso, se les incorporaron varias tecnologías de la era digital / electrónica, necesarias para su eficiente participación en las exigentes maniobras conjuntas con la Séptima Flota de los Estados Unidos; esto último parece haber sido un factor importante en la decisión de comprarlas.
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Por ahora, el alto costo de fragatas construídas conforme a tecnologías vigentes en materia de ingeniería naval y equipamiento, nos obliga a mirar atentos el mercado de navíos usados.
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La licitación por fragatas nuevas convocada por la Marina de Estados Unidos,  ampliamente informada en los medios especializados de fácil acceso vía internet, indica costos entre 1.1 billones de dólares por unidad en los astilleros del Reino Unido y 1.3 billones de dólares (entre mil cien y mil trescientos millones en la contabilidad anglo americana) cotizados por el astillero alemán Bolkhom Voss; el astillero español Navantia cotizó ligeramente por debajo de mil  millones de dólares, en los tres casos se trataba de naves de propulsión convencional.  Evidentemente, la compra de fragatas nuevas ha quedado fuera de nuestro alcance, este asunto no es menor si se considera la actual estructura de combate de nuestra Marina, sobre la base de ocho fragatas.
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Corresponde plantearse dos cuestiones básicas. La primera, si es necesario renovar fragatas dadas de baja con otras fragatas;  es decir, si las hipótesis de guerra en alta mar justifican tener ocho de estas naves.  Esta discusión está pendiente, se trata de políticas de Estado con proyección de largo plazo.
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Por tradición, la Marina siempre se ha planteado su proyección de alta mar sobre la base de dos navíos principales,  «capital ships» en la definición inglesa universalmente aceptada.  Esto cambió a fines de los 1980 cuando terminaron su vida útil los dos cruceros americanos de la Clase Phoenix, el Prat y el O’Higgins, y el crucero Almirante Latorre  de diseño inglés construído en Suecia;  el costo de adquirir cruceros nuevos resultó prohibitivo, tampoco había disposición de las potencias navales de la OTAN por vender uno usado a un país fuera de la alianza atlántica.
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En consecuencia, debió considerarse una escuadra de combate diferente, después de prolongadas discusiones en el alto mando naval y no pocos compromisos, un debate del cual el país ocupado con la Transición estuvo ausente, centrado entre adquirir fragatas usadas o construirlas nuevas en Chile, se optó por la primera definición ejecutada en sus comienzos a partir del gobierno del Presidente Ricardo Lagos.
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Corresponde evaluar la segunda cuestión básica, construir en Chile navíos de guerra de alta mar.  El astillero naval en Talcahuano tiene las condiciones de ingeniería, instalaciones, calificaciones del personal profesional, indispensables en un plan permanente de construcciones navales.
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Está pendiente la discusión en la cual, esta vez, el país por medio de sus autoridades democráticamente elegidas, debe participar en todas las instancias pertinentes; se  trata de llegar a definiciones  respecto de nuestros intereses de largo plazo en cuanto Estado-Nación, y cómo una fuerza naval moderna conforme a patrones tecnológicos vigentes, puede servir esos intereses.   Considerando el actual clima político de rasgos confrontacionales, con sus inevitables ingredientes ideológicos, en toda probabilidad será tarea del gobierno a elegirse el próximo año, definir la Marina que Chile necesita para la primera mitad del Siglo XXI.