Por Hugo Latorre Fuenzalida.

En la opera “Andrea Chenier”, de umberto Giordano, se da una escena en que un servidor de una condesa, en cuyo palacio se realizaba una gran fiesta, abre de pronto las puertas del salón y exhibe la presencia de una muchedumbre miserable que se dirige a las innumerables acciones callejeras durante la revolución francesa, entonando la Marseillaise. El servidor se quita la librea y exclama: “Señora condesa, he aquí  que hace presencia su grandeza la miseria”. Luego arrojando la librea a los pies de la condesa, exclama: ”Esta librea me pesa”.

En los últimos dos días, hemos visto cómo en las poblaciones de Santiago, esas zonas pobres y dejadas a la buena de Dios durante toda la festivalera transición chilena, comienzan a asomar el feo rostro del hambre y la miseria; esta realidad se ha anidado en esta sociedad, donde la desigualdad extremosa se ha ignorado por casi 50 años y que la opulencia consumista y avariciosa de unos pocos ha intentado ocultar tras un parapeto publicitario frívolo e inconsistente.

Se venía  anunciando hace más de un mes que las cuarentenas traerían como resultado, en los sectores informales y también de clase media, una situación desesperada de supervivencia. 

Esta no era una idea lanzada al voleo de un alarmismo conspirativo. Mirando la epidemiología de la pandemia Covid19, se podía rastrear el origen  o entrada del virus, desde los turistas del barrio alto. Cuando se decreta la cuarentena en ese segmento, se creyó que el virus permanecería bastante controlado en ese sector y como los contagios al primer mes y medio se instalaban en una especie de meseta y la mortalidad era baja, entonces nuestras autoridades creyeron que era la hora de relajar las restricciones. Entonces mandan a abrir malls y al “retorno seguro”.

Pero no advirtieron que las grandes masas de población pasaron durante mes y medio transportándose en  el metro y los buses, apiñados y sin ningún tipo de protección. Era cosa de tiempo que la epidemia se propagaría de forma incontenible en las áreas sur y poniente de Santiago y por otros focos de provincia dada la alta capacidad de contagio de este virus.

Los médicos pasaron un mes y medio sosteniendo que no era necesaria  el uso de las mascarillas más que en el personal médico y entre quienes atiendan público. De pronto, esos mismos médicos que el viernes predicaban en la televisión el uso restringido de las mascarillas, el lunes siguiente decían lo contrario, y más aún, se pusieron a dar clases de cómo fabricarlas en casa.

Pero el daño ya estaba hecho; un mes y medio los ciudadanos de a pie se movilizaron apiñados por el país sin protección.

Los resultados van quedando a la vista. Ahora, luego de retroceder  de su impulso “neo normalizador” y del “retorno seguro”, aplican la contramarcha de cuarentena total, con cordones sanitarios y militares en las calles, con fusiles de guerra y tanquetas.

Pero esta prohibición de salir, implicaría la imposibilidad de obtener ingresos. Para la cuarentena en el barrio alto eso no fue tema, ahí hay espaldas para resistir por varias generaciones; pero otra cosa es en los barrios miserias e incluso en zonas de clase “aspiracional” y de la “media, media”.

En este “oásis” chilensis, el 75% de la población vive en estado de vulnerabilidad; unos porque ganan para sostenerse día a día y otros porque sus deudas y compromisos son tan enormes que no tienen ahorros para soportar un mes o dos sin ingresos.

La televisión los ha mostrado y ya los pobladores salen a protestar tomándose calles y haciendo barricadas. Los vecinos de alma noble, vienen levantando “ollas comunes” para dar alimentos a sus iguales, con recursos sacados de sus míseros bolsillos. Ahí se confirma el dicho que reza “La pobreza es generosa, sólo la riqueza es egoísta”, y esa denostación que se hace de nuestros pobres como “perdedores”, flojos o ladrones, que gustan de vivir dependientes de lo que el Estado les da, vienen a lanzar un desmentido a la cara misma de aquellos que se llevaron para sus mansiones más de 25.000 millones de dólares en tiempo de las privatizaciones y luego el Estado les tuvo que traspasar otros 7.000 millones de dólares cuando quebraron en 1983.

Ese sector, bochornosamente incompetente, no pudo entender que nuestros pobres pasarían hambre si se les deja en cuarentena, no pudieron planificar una transferencia a los municipios para instalar de urgencia los comedores comunitarios y luego asegurar un ingreso al 60% de las familias vulnerables para que adquieran lo necesario  en alimentos, y puedan pagar gas, luz y agua. Entran, en cambio, en un ovillo burocrático para asignar unos dineros, muy  tardíamente y muy insuficientemente.

Con esta torpeza y mediocre disposición organizativa, están corriendo el riesgo que la crisis sanitaria se les complique con una crisis social explosiva. Si eso sucede, el riesgo es que haya, por un estallido de hambre, más represión y muerte que por la Pandemia.

En estos casos, no se puede andar sacando los billetes de a uno, con goteo y regateo. Como en las guerras, se debe disponer de una estrategia integral y un ingenio creativo de esos que rompen barreras y esquemas. Pero, no. Desde Piñera y Hacienda mantienen la mentalidad “pichirre”, fruncida y estreñida, como si se tratara de un debate de café o de Club de la Unión: “Mira, que estamos llegando al límite de las posibilidades”; Es que se debe guardar reservas para lo que pueda venir”. En fin, como si el cuerpo de los niños y ancianos pudiera aguantar el límite económico de las billeteras del Estado; como si sus estómagos pudieran ser comprensivos acerca de la necesidad de guardar reservas para el futuro.

Ojalá alguien de entre estos cortesanos de palacio tenga el valor de aquel servidor de la ópera y lance la “librea” a los pies de los poderosos y les espete ese repudio: ”Señora Condesa, esta librea me pesa”.