Por Roberto Mejía Alarcón (*)

Eso de que fulano o mengano tiene calle y esquina, que es como se identificaba, en tiempos pasados, a quien permanecía más de lo debido en la vía pública, por razones mil, no viene a cuento ahora, cuando todos, sin distinción alguna, tenemos que resignarnos a cumplir con el mandato de permanecer aislados en nuestros domicilios, si es que no queremos terminar contagiados por la tenebrosa pandemia del coronavirus. Ya son varios centenares de compatriotas que han sucumbido ante este mal, otros miles viven penurias y en espera de encontrar la asistencia de cuidados intensivos, mientras millones acatan la disposición preventiva, a diferencia de aquellos que, obligados por razones comprensibles, no hacen lo mismo, entreverados con los que burlan la vigilancia de los custodios del orden, simplemente porque les da la gana.

Lo ocurrido motiva una pregunta sustancial relacionada con ese derecho fundamental que significa la libertad y por la que, durante siglos, seres humanos y pueblos enteros, han hecho entrega hasta de sus propias vidas ¿Por qué salen a la calle, si está prohibido, si se pueden contagiar o quizás contagiar a otros? es la interrogante que se hacen muchos. Al respecto, dentro del imaginario colectivo, existen las más variadas respuestas. Desde aquellas que salen del corazón del pueblo, como también de las reflexiones de filósofos y pensamientos de juristas altamente calificados.

A las pruebas me remito. Quizá las personas que ya no cuentan la edad por años de vida, sino por quinquenios de vida, recordarán aquellos versos de la canción que entonaba el rumboso Daniel Santos, primero, luego Orlando Contreras y del mismo modo Charlie Figueroa, tres grandes boleristas de Puerto Rico, que exclamaban en diferente forma y parecido estilo: “Hay que haber estado preso un sólo día, para saber lo que vale la libertad…” La verdad es que la cita cancionera se vinculaba con situaciones diferentes a la pandemia y al aislamiento domiciliario, pero en el fondo se refería a la trascendencia que tiene para el ser humano el vivir sin ataduras.

Paso de largo la proclama del “Santo de la Espada”, en la Plaza Mayor de Lima, que ya habrá momento de hablar al respecto y hago referencia a lo ocurrido en la antigua Roma, cuando se declaraba que “la libertad es la facultad de hacer lo que el Derecho permite” y abrigados por ese Derecho, muchos mayores de 20 años, vendían, por hambre y necesidad, esa preciada libertad al mejor postor, para terminar como esclavos, en las mismas condiciones de cualquier cosa o animal irracional. Esa triste experiencia fue cambiando en el Imperio, a tal punto que tratando de mejorar el concepto se comenzó a concebir que “la libertad es la facultad natural de hacer uno lo que le plazca, salvo impedimento de la fuerza o el Derecho”.

Con pandemias de diferente origen, pero pandemias, al fin y al cabo, que causaron mucho dolor a la humanidad, llegó el momento en que, transcurridos los siglos, se logró la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, que trajo abajo la perversa costumbre de vender la libertad, como así acostumbraban los piratas sarracenos con los cristianos medievales, entre otros para quienes el dinero era más importante que la vida.

Hoy en día, con la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aquello es historia pasada. La libertad está consagrada como derecho fundamental y se le define como la facultad de hacer todo aquello que no perjudique a otro. En la amplia extensión del concepto, el ser humano tiene la libertad de transitar a su propio albedrío, aunque susceptible de limitaciones como todos los derechos individuales. Así sucede en nuestro país, en tres casos especiales: de sanidad y está en peligro la salud de la población, por mandato judicial y aplicación de la ley de extranjería. La Constitución Política así lo ha prescrito. Estas limitaciones guardan relación con la norma primera de la Carta Magna que nos dice que “la defensa de la persona humana y el respeto de su dignidad (el derecho a la vida, entre otros) son el fin supremo de la sociedad y del Estado”.

En consecuencia, la libertad no es un derecho de unos pocos, sino de todos. Las medidas restrictivas se dan en situaciones graves, como la actual, ocasionada por la pandemia, que ha llegado a estas tierras desde lugares muy lejanos, a un país condenado al subdesarrollo desde hace siglos. ¿Las causas de ello, la responsabilidad de quiénes? Quiénes están exentos de culpa, que tiren la primera piedra, sobre todo los que han transitado, en tiempos no muy lejanos, de mano con el poder político.

¿Hay que ponerse a lagrimear? Pienso que no. Hay que tener el alma fuerte y siguiendo a Mario Benedetti, simplemente repetir, esperando que retorne la libertad de tener calle y esquina:” Se me ocurre que vas a llegar distinta, no exactamente más linda, ni más fuerte, ni más dócil, ni más cauta…tan solo vas a llegar distinta”.

 

(*) Presidente de la Asociación Nacional de Periodistas del Perú y colaborador frecuente de Kradiario.