En la coronacrisis, a diferencia de la financiera de 2008, los bancos centrales han actuado rápido y han movido las tasas de interés a mínimos históricos en todas las principales economías. Es por ello que la Reserva Federal estadounidense comenzó a proporcionar liquidez directamente a los mercados mediante  contratos de transacción de activos con pacto de recompra por un precio y plazo determinados (rep).

La directora del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, tuvo al principio algunos tropiezos en las reacciones frente a la crisis europea, con lo que provocó especulaciones sobre la cohesión de la eurozona. Sin embargo, mediante una intervención coordinada, todos los principales bancos centrales han mostrado determinación para enfrentar el pánico en los mercados. La pregunta crucial, sin embargo, es si se podrá realmente superar la coronacrisis mediante instrumentos de política monetaria.

En los regímenes autoritarios de Eurasia, está en juego la legitimidad de los hombres fuertes, cuyo poder se sustenta en la promesa central: «Yo los protejo». El presidente chino, Xi Jinping, lo ha entendido y está tomando medidas drásticas contra la propagación del virus cualquiera sea el costo. Sin embargo, sus colegas de Tailandia y las Filipinas han tomado a la ligera el control de la peste y ahora están siendo atacados por sus propios partidarios. Sin embargo, los poderes invocados por la declaración del estado de emergencia también pueden utilizarse para suprimir la disidencia pública. ¿Y quién asegura que ciertas medidas draconianas aplicadas en plena crisis serán retiradas cuando ésta haya terminado?

En el caso específico de EE UU habría que ver, a los ojos de los votantes, si el presidente Donald Trump cumple su promesa central de proteger al país de las amenazas externas, lo que probablemente tendría un impacto decisivo en el resultado de las elecciones presidenciales de noviembre. A pesar de la grave mala gestión de la pandemia, el presidente vio un aumento de su índice de aprobación que solo está mermando lentamente. En tiempos de crisis, la gente tiende a reunirse en torno al líder.

La coronacrisis puede limar el encanto de los populistas que están en el gobierno, pero juega a favor de sus hermanos espirituales de la oposición. Ante los ojos de muchos ciudadanos, los países democráticos perdieron el control en las crisis de 2008 y 2015. Muchos se preguntan con preocupación si sus países, erosionados tras décadas de políticas de austeridad, y en particular los sistemas de salud ahogados en términos de presupuesto, podrán hacer frente a crisis importantes. En muchos países, el humor social se está volviendo contra la libre circulación de dinero, bienes y personas.

Muchos italianos temen hace tiempo que estarán entre los perdedores de la globalización y el euro. Ahora se suman las medidas de emergencia, el shock económico y una nueva crisis de refugiados. No solo el lombardo Matteo Salvini, líder populista de derecha, sabe cómo usar los ingredientes «fronteras abiertas, extranjeros peligrosos, élites corruptas y Estado indefenso» para preparar un brebaje tóxico. Por lo tanto, las democracias liberales de Europa occidental están a prueba. En la lucha contra la derecha, los demócratas deben demostrar ahora que pueden proteger la vida de toda la ciudadanía.

Pero ¿hasta qué punto pueden restringirse las libertades individuales? ¿Cuánto debería durar el estado de excepción? ¿Tolerarían las sociedades occidentales medidas drásticas como las que se han tomado en China? ¿Deberían estas, como en el Este asiático, dar prioridad al conjunto social sobre el individuo? ¿Cómo puede reducirse la tasa de propagación de la pandemia si los ciudadanos no adhieren a las recomendaciones sobre «distanciamiento social»? ¿Y qué significa realmente solidaridad con los demás cuando lo único que podemos hacer es aislarnos?

Cada nación por su cuenta

Una pandemia, que no reconoce fronteras nacionales, exige una respuesta global coordinada. Hasta ahora, sin embargo, las naciones han buscado su propia salvación. Incluso dentro de Europa falta solidaridad entre ellas. Italia en particular siente, al igual que en la crisis del euro y la de los refugiados, que sus socios la han dejado sola.

China aprovechó hábilmente la falta de solidaridad europea y envió un avión repleto de suministros médicos a Italia, país socio en la Iniciativa de la Franja y la Ruta de la Seda. Berlín ahora ha reconocido la dimensión geopolítica de la doble crisis del coronavirus y los refugiados y está preocupado por los intentos de algunas potencias externas de dividir a Europa. La suspensión de la exportación de equipos de protección médica fue nuevamente relajada e Italia se aseguró la provisión inmediata de un millón de mascarillas. Más importante aún es el hecho de que el Pacto de Estabilidad Europeo fue suspendido para dar a Italia suficiente respiro fiscal para salvar su economía. Sin embargo, como demuestra el emotivo debate sobre los eurobonos, rebautizados como «coronabonos», la crisis de solidaridad está sacudiendo los cimientos mismos de Europa.

La crisis es otra prueba de fuego para la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (TTIP, por sus siglas en inglés), que ya está muy exigida. La decisión del presidente Donald  Trump de aislar a Estados Unidos de sus aliados europeos de manera inconsulta envía una señal clara. El intento estadounidense de tomar posesión de CureVac, una empresa con sede en Tubinga (Alemania-leer en Kradiario), para asegurar la vacuna contra el coronasvirus  exclusivamente para su país, llegó a convertirse en una verdadera disputa con Berlín.

Una respuesta conjunta y coordinada a la crisis es apenas concebible en estas condiciones. En Occidente, el lema que rigió hasta ahora y sigue haciéndolo es: «El primer prójimo es uno mismo». Todo esto de que cada nación se rasque con sus propias uñas, se ha repetido también en otras partes del mundo, como en Sudamérica, donde entre Argentina y Chile se produjo esta semana un insólito intercambio informal de opiniones sobre que país hacía mejor las cosas para combatir el virus. Los dos querían aparecer como los mejores y más organizados, sin siquiera pensar ni un momento en intercambiar ideas que le sirvieran a ambos lados en forma exitosa.

El petróleo

A escala mundial, los nuevos conflictos entre las principales potencias están avivando aún más la crisis. La guerra de precios del petróleo, en particular, es impulsada por motivos geoeconómicos. Después que la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) no llegara a un acuerdo con Rusia para reducir la producción y estabilizar los precios, Arabia Saudita cambió su estrategia e inunda los mercados con petróleo barato. Como resultado, el precio del petróleo se desplomó a mínimos históricos. Esto puede traer alivio a la industria y a los consumidores en el corto plazo. Sin embargo, las guerras de precios del petróleo, las preocupaciones por la recesión y las calamidades en los mercados financieros están causando la caída de las bolsas. Solo la decidida intervención de los principales bancos centrales ha sido capaz de impedir hasta ahora un infarto financiero.

El conflicto entre Arabia Saudita y Rusia pone en duda la supervivencia del cartel de la OPEP. El gran perdedor en la caída histórica de los precios podría ser, en última instancia, la endeudadísima industria estadounidense del petróleo. Entonces, que los consumidores de este país realmente puedan disfrutar de precios más bajos en las gasolineras, como prometió su presidente, depende de quién pueda soportar esta guerra de desgaste por más tiempo. En cualquier caso, Rusia y Arabia Saudita tienen un interés central en noquear a su competidor estadounidense, que se financia con créditos.

Cualquiera sea el resultado de la guerra de precios del petróleo, el equilibrio de poder en los mercados petroleros se reacomodará. El debate sobre el «pico petrolero», candente durante décadas, también debería experimentar un giro interesante. Al final, las que sellarían el declive de la industria petrolera podrían no ser las menguantes reservas de combustibles fósiles. Con precios bajos permanentes, la explotación de estas reservas simplemente deja de tener viabilidad económica. ¿Podría entonces un conflicto geoeconómico anunciar involuntariamente el fin de la era de los combustibles fósiles?

La crisis también está alimentando el conflicto por la hegemonía entre Estados Unidos y China. Desde hace algún tiempo hay un consenso general en Washington para desacoplar la economía estadounidense de la economía china y no contribuir, así, con su propio dinero y tecnología, al fortalecimiento de su competidor por la supremacía global. Ahora, las empresas con actividad en todo el mundo tienen que hacer, de la noche a la mañana, un nuevo tendido de sus cadenas de suministro. ¿Volverán todas estas corporaciones a China cuando termine la presente crisis? Los líderes empresarios tendrían que pensar dos veces si deciden ignorar la dirección marcada por Washington en materia de geopolítica. Esto puede ofrecer una gran oportunidad a las economías emergentes como Vietnam o India.

¿Y cómo se reposicionarán las empresas europeas después de la crisis, con costos que se han evidenciado demasiado dependientes de las cadenas de suministro chinas? Durante meses, los europeos han estado experimentando, en el debate sobre si la compañía china Huawei debería ser excluida de la expansión de la infraestructura europea de 5G ¿qué tan grande puede ser en esto la presión estadounidense?. La coronacrisis podría acelerar un proceso que se ha puesto en marcha hace ya tiempo: la desglobalización. Como resultado, la división global del trabajo podría repartirse en bloques económicos que competirían entre sí. Las economías pueden reunirse en torno a un liderazgo supremo regional para deshacerse de los competidores no deseados mediante normas y estándares incompatibles, plataformas tecnológicas y sistemas de comunicación, o infraestructura de conectividad exclusiva y barreras de acceso al mercado.

¿Dónde dejará esto a los países en desarrollo que están luchando por acceder en las cadenas mundiales?

La era del neoliberalismo está llegando a su fin

De repente, todo está sucediendo muy rápido. En cuestión de horas, se inyectan enormes sumas en los mercados, lo que hace que las promesas «radicales» del ex candidato presidencial demócrata Bernie Sanders parecieran meras propinas. Los políticos alemanes, que hasta ayer se irritaban con los juegos intelectuales del joven socialdemócrata Kevin Kühnert, ahora consideran seriamente la nacionalización de empresas. Kühmert se opuso a la gran coalición alemana con la líder democristiana Angela Merkel.

Lo que en el debate sobre el clima fue descartado por haber sido considerado como ingenuas e infantiles es ahora una triste realidad: el tráfico aéreo mundial se detiene. Las fronteras que se consideraban imposibles de cerrar en la crisis de refugiados están hoy cerradas. Y, por cierto, el primer ministro conservador de Baviera, Markus Söder, descarta, al mismo tiempo, el «déficit cero»«No nos orientaremos por cuestiones contables, sino por lo que Alemania necesita», declaró (Líder socialcristiano y ministro presidente bávaro desde marzo de 2018).

La era del neoliberalismo, es decir, la primacía de los intereses del mercado sobre todos los demás intereses sociales, está llegando a su fin. Claro, todas estas medidas se deben al estado de excepción. Sin embargo, serán recordadas por los ciudadanos cuando pronto vuelva a decirse: «No hay alternativa». Con la crisis, comenzó a moverse la política, congelada durante largo tiempo. Tras cuatro décadas de escepticismo neoliberal frente al Estado, está surgiendo algo que se había olvidado durante años: los Estados, con solo desearlo, todavía tienen una enorme capacidad de acción.

Así, la coronoacrisis echa luz sobre las fragilidades geopolíticas, económicas, ideológicas y culturales de nuestro tiempo. ¿Acaso este momento crucial indica un cambio de época? ¿La era de la globalización veloz llega a su fin con el desacoplamiento de los principales bloques económicos? ¿Las guerras de precios del petróleo están anunciando el fin de las economías industriales basadas en combustibles fósiles? ¿El sistema financiero global está virando hacia un nuevo régimen? ¿Estados Unidos cede el mando como garante del sistema a China, o estamos experimentando el avance del mundo multipolar?

La crisis ha dejado claro a la ciudadanía que las cosas no pueden continuar como antes. Nunca ha sido mayor el deseo de una reorganización fundamental de nuestra economía y nuestra vida en común. Al mismo tiempo, se deben evitar los peligros existenciales sin restringir desproporcionadamente la democracia y la libertad.

(*) Con fuente de Nueva Sociedad y otras europeas como estadounidenses.