Por Sergio Arancibia

Hay que ser claros: todo sistema de pensiones o de jubilaciones es siempre un sistema de reparto. Si la sociedad le paga mensualmente a un individuo – o a un millón de individuos – una determinada cantidad de ingresos, eso proviene siempre de lo que la sociedad ha sido capaz de generar – y de repartir – en el momento en que esta historia se desarrolle.

Para ser más claros aun: si un jubilado recibe el equivalente a 200 dólares mensuales – o a 2.400 dólares anuales – eso proviene del producto o del ingreso que ese país ha sido capaz de generar en ese año. Eso es lo que le toca en el reparto de la torta anual y actual. Eso es a lo que tiene derecho de acuerdo al patrón de reparto que impere en un momento determinado.

No se puede pensar este asunto de las pensiones o jubilaciones como si existiera una alcancía, o un fondo físico que cada individuo va generando a lo largo de su vida – como si se tratara de las almendras que acumula una ardilla, o del trigo que se acumula en un silo durante los primeros 50 años de su existencia – para poder comer en los años que le resten de vida. No. Definitivamente las cosas no son así en la economía contemporánea. Lo que pueda ahorrar una persona no queda guardado físicamente en ninguna parte. La sociedad usa esos ahorros casi en el mismo momento en que se generaron. Lo que le queda, al que ahorró, es una suerte de derecho para poder recibir una cierta parte de lo que la sociedad produzca en los años venideros o, dicho en otras palabras, un derecho a participar en el reparto que se haga dentro de 50 años de lo que en ese momento se esté produciendo.

La acumulación de ahorros en una cuenta determinada no es más que eso: ganar derechos o puntos para participar en el reparto que esa sociedad haga en un momento determinado del futuro. Haya ahorrado mucho o poco, lo que en un momento determinado recibe es parte de lo que la sociedad produce en ese momento.

Si ahorra en una cuenta individual en una empresa determinada – una AFP – la sociedad canaliza ese ahorro – a través de un intrincado circuito de préstamos e inversiones – hacia las actividades productivas o de cualquier naturaleza que ella realiza en esos momentos. Eso le da derechos al ahorrador a una tajada de determinado tamaño en el reparto que se haga dentro de 50 años.  Si el ahorrante ahorra poco, y durante pocos años, pero igual logra sobrevivir hasta los 65 años, la sociedad puede otorgarle o no el derecho a recibir una pensión. Eso depende única y exclusivamente de cuanto esté esa sociedad dispuesta a repartirle entre sus viejos. Depende también del tamaño de la torta en ese momento final, es decir, dentro de 50 años.

Todo lo que se diga en términos de que lo que se recibe en los años de vejez tiene que estar en relación con los ahorros que cada uno realizó durante sus años de actividad laboral es una discusión sobre la forma de determinar la cuantía de los derechos con lo que cada uno participa en el reparto del ingreso desde los 65 años en adelante. Algunos participan, de una forma o de otra, de acuerdo a sus ahorros. Otros, por el mérito de haber pertenecido a las fuerzas armadas. Otros por haber sido presidentes de la república, o por haber sido exonerados y torturados por la dictadura, o por ser artistas o científicos que han ganado una pensión vitalicia como premio por su obra, etc.

Si un individuo ahorra poco, o durante pocos años, la sociedad le puede condenar a recibir pocos ingresos en su vejez, pero eso, en otras palabras, significa que la sociedad le concede pocos derechos, o pocos puntos, en ese reparto que se haga en sus años de vejez.

Pero, en cualquier caso, lo que define o determina lo que recibe cada individuo es, en primer lugar, el tamaño de la torta nacional, es decir, el nivel del PIB en el momento de la jubilación y en los años posteriores.  En ningún caso la sociedad puede repartir más allá de lo que produce en cada momento.  Ese tamaño de la torta depende de múltiples factores económicos, tecnológicos y políticos, nacionales e internacionales. En segundo lugar, la tajada que recibe cada uno en el reparto de esa torta nacional puede hacerse depender de los “derechos acumulados”, tanto como puede hacerse depender de criterios éticos, de solidaridad o de justicia social. Puede que lo que la sociedad reparte cada año sea poco o mucho, y que reparta en forma equitativa o inequitativa, pero esas son ya otras discusiones. En cualquier caso, se trata de un reparto.