Por Walter Ritter Ortiz (*)

La vida, la inteligencia y el universo no son cosas separadas, sino aspectos diferentes de un mismo fenómeno. La vida y la inteligencia están en el corazón mismo de la elegante maquinaria del universo.

Nacido de la Nada, el universo salió rápidamente del caos original para crear estructuras muy ordenadas. Para los físicos, el vacío es el estado latente de la materia; materia en hibernación que basta excitar para que ésta aparezca y oscila entre lo que no hay nada y aquél en el que existe algo.

Un océano de partículas virtuales fugaces e inobservables, pero que son los agentes de transmisión de las fuerzas naturales. No se sabe porqué ni cómo apareció la vida sobre la Tierra. Lo mismo ocurre con el universo, cuya aparición sigue siendo un misterio.

Podemos dar sentido a la vida, nos dice Terry Eagleton, en aquello que hablamos, pero ésta no puede tener un sentido por sí misma. En realidad, la verdad y la falsedad serían funciones de nuestras proposiciones humanas; argumento, que como la mayoría de los argumentos filosóficos, no están exentos de problemas.

De Dios, se dice que es el “Creador” del universo, no porque sea una especie de “mega fabricante”, sino porque es la razón por la que hay algo más que nada; es según el argumento y el fundamento del Ser. Y aunque no tuviera un comienzo el universo, Él continuaría siendo el motivo por el que hay algo en lugar de no haber nada. Él es el fundamento del Ser, aun y cuando siempre hubiese habido algo por toda la eternidad; argumento utilizado por los teólogos.

Kant dedujo que: “Todo intento, tanto científico, cómo religioso, de definir la realidad, es sólo una hipótesis, ya que para cada tesis, la mente, puede crear una antítesis igual de valida”. No podemos saber cómo es el mundo, pero si podemos saber cómo es para Nosotros, según nuestra Mente.

No es sólo la Conciencia, la que se adapta a las cosas, también las cosas se adaptan a la conciencia, apunta Kant. Agregando que: Sobre Dios ni se puede probar su existencia, ni se puede probar tampoco que no exista.

El mundo, según Schopenhauer, es una Representación, ya que se trata de un mundo Aparente y por el otro lado, es Voluntad, ya que se trata de un mundo Real. Y dado que el mundo de la Voluntad es como un impulso ciego, sin finalidad ni dirección, autocrático e insaciable, el Mundo, es la morada del Sufrimiento.

Para Nietzsche, el único mundo verdadero es el de los sentidos. La vida es la lucha por la existencia y el perfeccionamiento del hombre se logra por esa lucha. Y para Kierkegaard, la Realidad no es un proceso Racional único, sino un conjunto de infinitas posibilidades, entre las que se cuenta la posibilidad de la Nada. Existir significa, salir de la Nada, hallarse en la frontera del Ser y no Ser.

No existe una realidad sin su opuesto. Heidegger argumenta que los seres humanos se distinguen de otros seres por su capacidad para poner su propia existencia en cuestión. Somos animales atípicos, que afrontan su propia situación como un interrogante, un dilema, una fuente de ansiedad, un motivo de esperanza, una carga, un don, un temor o un absurdo. Y con ello, se debe en buena parte a que somos conscientes de la finitud de nuestra existencia. Animales que vivimos a la sombra perpetua de la muerte.

Meditar sobre nuestro estar en el mundo, nos dice Eagleton, es una parte más de nuestra manera de estar en el mundo; incluso, aunque “la situación humana en sí” resultara ser un mero espejismo metafísico, no deja de construirse un objeto concebible de especulación, lo que se ha dado en llamar “la ansiedad ontológica”; la sensación de que uno es un ser superfluo y sin sentido, una “pasión inútil”, según expresiones de Jean-Paul Sartre.

Lo que caracteriza el pensamiento moderno, es el carácter “contingente” de la existencia humana de que nuestra especie podría muy bien no haber surgido nunca sobre la faz del planeta.

Hasta en nuestros momentos más felices, somos vagamente conscientes de que el suelo que pisamos se asienta sobre terreno pantanoso, de que no existe ningún fundamento inapelable para lo que somos y lo que hacemos.

Entre los filósofos del siglo XII, existía un cimiento sólido de la existencia humana llamado Dios. Pero, ni siquiera para ellos significaba eso que nuestra presencia en el mundo fuese necesaria y de que Dios, no tenía porqué haberla creado. La existencia humana es gratuita, nos dice Eagleton y, no es indispensable ya que Dios podría haber seguido muy bien sin nosotros.

Tener la sensación de que el sentido de la vida es una función de un todo mayor y, de lo que se dilucida aquí no es la realidad del individuo, sino quiénes somos o qué estamos haciendo aquí.

La existencia, significa que la capacidad del hombre de Crear su propio futuro, precede a su esencia y a su naturaleza. El que el hombre haya llegado a ser así y no de otro modo es, desde luego, obra suya.

Confundimos fácilmente la cosa en sí y la verdadera esencia de las cosas, es decir, la realidad muestra enteramente la apariencia o bien, una aparición totalmente adecuada a la verdad. La apariencia en cuanto no ser y la apariencia del ser, se confunden entre sí. Todas las supersticiones posibles se instalan en ese vacío, según un determinado enfoque de la misma y, trata de develar las leyes y los mecanismos invisibles por los que funcionan las cosas. Sigue habiendo profundidades, pero lo que opera en ellas es la Naturaleza y no la divinidad, lejos de desmantelar todo el anticuado aparato de la metafísica y la teología; lo único que hemos conseguido es proporcionarle un nuevo contenido.

La mayoría de la gente se encuentra bajo el instinto de no advertir lo que sucede y, todas las ciencias descansan únicamente en el fundamento general del filósofo, donde tras de los fenómenos conocibles, se encuentra lo incognoscible y fuera del alcance del hombre, donde la infinitud es el hecho primigenio, por lo que lo único que habría de explicarse sería el origen de lo infinito, donde el punto de vista de lo finito es puramente sensible, es decir es sólo una ilusión, nos dice Nietzsche.

(*) Con el título «La era de la frugalidad» puede encontrar este artículo completo  En Globalización – Revista Mensual de Economía, Sociedad y Cultura -Edición de mayo.

(**) Walter Ritter es profesor  en el Centro de Ciencias de la Atmósfera de UNAM, México. email: [email protected]

(***) Dios no fue el creador del Universo, sostiene el astrofísico británico Stephen Hawking en su libro The Grand Design. Afirmó que el Big Bang, es decir, la gran explosión inicial del universo, fue «una consecuencia inevitable» de las leyes de la física y que el cosmos «se creó de la nada».