Por Enrique Fernández

Martes 6 de noviembre, cerca del mediodía. La temperatura en Santiago se acerca a los 25 grados. El tren subterráneo se detiene abruptamente. Y la voz del conductor anuncia por los parlantes que el servicio del Metro se ha interrumpido porque hay “una persona en las vías”.

En los andenes de la estación El Golf se oye la alerta  “Sygma”, que en los códigos del Metro significa “suicidio” o “emergencia”. Luego, en forma intermitente se escucha esta información:

– El servicio en línea 1 permanecerá interrumpido temporalmente entre las estaciones Tobalaba y Escuela Militar, debido a la presencia de una persona en las vías.

Minutos más tarde el anuncio cambia:

– Por persona en las vías, servicio en línea 1 disponible sólo entre Los Dominicos – Escuela Militar y Tobalaba – San Pablo.

“Una persona en las vías”. Los informantes del Metro no se atreven a decir que hubo un suicidio o un intento de suicidio. Tampoco indican si es un hombre o una mujer, un niño, un joven o un anciano. Los pasajeros del tren que aplastó a esa “persona en las vías” evacúan los carros en silencio. Y entre ese respetuoso silencio más de alguien se pregunta cómo fue posible que esa persona llegara a una decisión tan trágica y definitiva. ¿Qué drama, qué conflicto, que angustias le llevaron a lanzarse al paso del tren?

Pero el clima de consternado respeto se rompe de pronto a través de las redes sociales. Un indignado pasajero utiliza su cuenta de twitter, con el nombre de “Cuico Místico”, para desahogar su rabia:

– Es de sentido común suicidarse a una buena hora también –escribió.

– Pedimos respeto por estos casos, Cuico –respondió un funcionario del Metro también a través de esa red.

Una pasajera del Transantiago, que se identificó como “Atacama Querida”, entregó en twitter un breve relato cuando el bus en que viajaba se llenó de gente que venía de una estación subterránea: “”Voy en una micro casi vacía que de pronto se inunda de muchas personas frustradas, porque el Metro de Santiago está detenido por un suicidio. Y la mayoría reclamando que cómo se mata a esta hora y justo en un día con tanto calor. Quedo muda…”.

¿Qué nos está ocurriendo?

La pérdida del respeto se hace cada vez más frecuente en todos los estamentos, en medio de la crisis de las instituciones. Crisis en la Iglesia, en el Ejército, en la policía. Crisis en el poder político, en la educación, en la familia, en la seguridad pública. Y son las redes sociales, precisamente, las depositarias de cuanto insulto y grosería sea posible imaginar. Es allí donde vociferan quienes ocultan sus nombres con seudónimos, como encapuchados virtuales.

Las redes permiten el ejercicio pleno de la libertad de expresión. Y está bien que seamos libres de decir lo que queramos. Pero la frontera del respeto es la que traspasan los navegantes de las redes, como si estuviéramos ebrios en un bar lleno de borrachos a las tres de la madrugada. Por eso el lingüista italiano Umberto Eco, fallecido a comienzos de 2016, pensaba que la internet puede ser un medio más tóxico que la televisión.

“”La televisión ha promovido al tonto del pueblo, con respecto al cual el espectador se siente superior –decía Eco-. El drama de Internet es que ha promocionado al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad”.

El suicida del Metro no sabemos quién era ni por qué lo hizo. La verdad que prevalece es que era casi mediodía, la temperatura de Santiago se acercaba a los 25 grados y el servicio de trenes entre estaciones del sector alto de la ciudad estuvo paralizado durante una hora.