Foto de portada: América Latina en otra época: la era progresista de la política regional 

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Por Pablo Stefanoni

Sí, el domingo en la primera vuelta ganó en Brasil, como escribía un corresponsal, un político autoritario, racista, machista, homófobo; una persona que encarna los valores más retrógrados acaricia la Presidencia del mayor país latinoamericano.

Obtuvo más votos de los que anticipaban las encuestas, arañó un triunfo en la primera vuelta y tiñó con sus colores casi todo el país, salvo el nordeste.  Brasil y América Latina se enfrentan, así, a un nuevo escenario que ya no es solamente el fin del ciclo progresista y su eventual reemplazo por fuerzas de derecha o centroderecha en el marco de la democracia, sino un corrimiento de las fronteras hacia otro terreno: el potencial triunfo en segunda vuelta de un candidato que, mediante una campaña llena de biblias y balas, reivindica abiertamente la dictadura, hace alarde de la violencia y desprecia todos los valores que fundamentan el sistema democrático.

No es solo «un Trump», es un candidato con tintes fascistas en un país con mucha menos solidez institucional que Estados Unidos y que ya vive altas dosis de violencia política. Los resultados del domingor expanden el ya existente bloque parlamentario BBB (buey, biblia, bala, en referencia a terratenientes, pastores evangélicos y ex-integrantes de fuerzas de seguridad) hacia dimensiones hasta hoy desconocidas. Como dice un periodista de El País de España,  la «B» de Bolsonaro los terminó articulando a todos ellos. Y los dejó a las puertas del poder.

La principal razón del crecimiento de Bolsonaro está ligada, para la historiadora Maud Chirio, «a la construcción de la hostilidad hacia el Partido de los Trabajadores (PT) y a la izquierda en general. Esta hostilidad recuerda el anticomunismo de la Guerra Fría: teoría del complot, demonización, asociación entre taras morales y proyecto político condenable. Bolsonaro se apropió de este simbolismo de rechazo, que se sumó a las implicaciones del PT en casos de corrupción. No se trata solo de un desplazamiento de los conservadores hacia la extrema derecha, sino de una adhesión rupturista». Como ya advirtiera el historiador Zeev Sternhell, el fascismo no solo era reacción, sino que era percibido como una forma de revolución, de voluntad de cambio frente a un statu quo en crisis.

No es posible, desde el progresismo, rehuir las responsabilidades por estos años de gobiernos «rosados». Que tanta gente esté dispuesta a votar a un Bolsonaro para evitar que vuelva el PT es en sí mismo un llamado a la reflexión, más aún cuando eso ocurre en las zonas más «modernas» de Brasil, donde nació un partido que enamoró a toda América Latina y hace años que viene perdiendo apoyos. Como expresión de este rechazo, Dilma Rousseff, contra todas las encuestas preelectorales, quedó fuera del Senado en Minas Gerais. Y el PT hizo mucho por debilitar su épica originaria, su integridad moral y su proyecto de futuro. Pero no solo a eso se debe el rechazo.

Como hemos señalado en otra oportunidad, la lucha de clases soft que durante su gobierno mejoró la situación de los de abajo sin quitarles a los de arriba terminó por ser considerada intolerable para las elites. El caso de Brasil confirma que las clases dominantes solo aceptan las reformas si existe una amenaza de «revolución», y la llegada al poder del PT estuvo lejos de la radicalización social; al mismo tiempo, impulsó políticas en favor de los «de abajo» en un país tradicionalmente desigual. En todo caso, la experiencia petista terminó exhibiendo relaciones demasiado estrechas entre el gobierno y una opaca «burguesía nacional (como frigoríficos o constructoras), que socavaron su proyecto de reforma ética de la política y terminaron por debilitar la moral de sus militantes.

Es decir, el actual rechazo a los partidos progresistas que gobernaron tiene una doble dimensión. En toda América Latina está emergiendo también una nueva derecha que articula un voto que se opone a los aciertos. El racismo como rechazo a una visión racializada de la pobreza, y el conservadurismo contra los avances del feminismo y las minorías sexuales. El crecimiento del evangelismo político y la popularidad de políticos y referentes de opinión que declararon la guerra a lo que llaman «ideología de género» son algunos de los vectores para la expresión política de un antiprogresismo crecientemente virulento.

«Estamos en guerra, estamos a la ofensiva. Ya no a la defensiva. La Iglesia por mucho tiempo ha estado metida en una cueva esperando ver qué hace el enemigo, pero hoy está a la ofensiva, entendiendo que es tiempo de conquistar el territorio, tiempo de tomar posición de los lugares del gobierno, de la educación y de la economía», exclamó en el Centro Mundial de Adoración el pastor evangélico Romy Chaves Jr. Durante la campaña presidencial de Costa Rica, en la que un candidato evangélico pasó a la segunda vuelta en abril de este año. Es cierto, también hay que decirlo, que Rousseff se alió con ellos, pero ahora muchas de estas iglesias, como la Universal, parecen «ir por todo» sin necesidad de pragmáticas alianzas con la izquierda.

Las nuevas extremas derechas atraen, además, parte del voto joven y construyen líderes de opinión con fuerte presencia en las redes sociales.

 Estos movimientos se presentan incluso como antielitistas, aun cuando –como ocurre con Bolsonaro– su propuesta económica sea ultraliberal y sea apoyada con entusiasmo, en la última fase, por los mercados. Como ha señalado Martín Bergel, ha venido siendo muy eficaz un relato que asocia a la izquierda con los «privilegios» de ciertos grupos, que pueden incluir hasta a los pobres que reciben planes sociales, frente al pueblo que «realmente trabaja y no recibe nada».

El progresismo continental se encuentra así frente a una crisis profunda –política, intelectual y moral–. La catastrófica situación venezolana –difícil de procesar– viene siendo de gran ayuda para las derechas continentales. Por no hablar de los silencios frente a la represión parapolicial en Nicaragua. En este contexto, el reciente llamado de Bernie Sanders a constituir una nueva Internacional prgresista –que tenga como ejes el rechazo al creciente autoritarismo alrededor del mundo y la lucha contra la desigualdad– resulta tan oportuno como difícil de pensar en una América Latina donde gran parte de las izquierdas se entusiasma con figuras como Vladímir Putin, Bashar al-Asad o Xi Jinping como supuestos contrapesos al Imperio.

A diferencia de encuentros anteriores, cuando las izquierdas constituían fuerzas expansivas en la región, la última reunión del Foro de San Pablo en La Habana en julio pasado estuvo marcada por los discursos centrados en la «resistencia» y el atrincheramiento. El lugar elegido –La Habana– y la presencia de figuras históricas del ala más conservadora del gobierno cubano contribuyeron a un repliegue ideológico en un discurso antiimperialista cargado de nostalgia hacia la figura del fallecido comandante Fidel Castro y sin espacios para un análisis reflexivo de las experiencias –y retrocesos– de estos años. La defensa cerrada de Nicolás Maduro y Daniel Ortega fue la consecuencia lógica de esa deriva. Pero recuperar las capacidades expansivas requiere salir de las zonas de confort ideológicas y de la autovictiización.

Parafraseando una expresión francesa respecto a su propia extrema derecha, Bolsonaro logró «desdiabolizarse». Y de ganar el balotaje, no estará solo en el mundo. Al mismo tiempo, nadie en la región –en medio de los retrocesos integradores– será capaz de ponerle límites. Un triunfo del ex-capitán sería uno de los mayores retrocesos democráticos desde las dictaduras militares de los años 70, sin que hoy podamos anticipar las consecuencias. La imagen de un votante que se filmó apretando los botones de la urna electrónica con el cañón de un revólver –obviamente votando en favor de Bolsonaro– fue una de las postales de una jornada que no anticipa nada bueno para Brasil ni América Latina.

Nueva Sociedad

La hora de Brasil

Editorial de El País de España: No se trata de elegir entre opciones políticas sino entre democracia o no

La rotunda victoria del ultraderechista Jair Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones presidenciales celebradas el pasado domingo en Brasil coloca al electorado brasileño ante una decisión radical. En la segunda vuelta, prevista para el próximo días 28, ya no se trata de elegir entre dos opciones políticas diferentes pero ambas democráticas, sino entre un candidato que entiende y cumple con los estándares de gobernanza de las democracias occidentales y otro que desprecia y considera inválido el sistema de libertades que desde el fin de la dictadura garantiza la igualdad y el progreso de 208 millones de brasileños.

Bolsonaro, con un discurso abiertamente xenófobo, racista, homófobo y laudatario hacia la dictadura militar brasileña (1964-1985) ha obtenido el 46% de los sufragios muy cerca de la mayoría absoluta que le hubiera otorgado directamente la jefatura del Estado. Fernando Haddad, del histórico Partido de los Trabajadores (PT), y candidato sucesor del expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, ha logrado pasar a la segunda con el 29,3%. Más preocupante que los números es que el planteamiento de Bolsonaro ha calado en amplias capas de la población brasileña que ven a este militar en la reserva como la solución a la profunda crisis institucional y económica que asola el país desde hace cuatro años y de las que culpa precisamente al PT.

La diferencia de votos entre ambos es grande, pero no insalvable porque lo que está en juego es mucho más que una victoria electoral. Así deben entenderlo tanto los votantes de cualquier tendencia política como el mismo Haddad, quien ante la segunda vuelta está obligado a realizar un planteamiento integrador y aperturista respecto a quienes hasta el domingo eran sus rivales en el campo democrático. Su candidatura ya no es solo del PT sino la de todos los demócratas de Brasil.

En esta encrucijada quienes fueran rivales de Haddad en la primera vuelta harán bien en abandonar el exasperante planteamiento que presenta al candidato del PT y a Bolsonaro como dos extremos equiparables. Nada más alejado de la realidad. Con todas sus polémicas, problemas, escándalos y procesos judiciales, el PT es una formación que en la oposición siempre ha respetado las reglas del juego democrático, que ha ganado tres elecciones presidenciales de manera absolutamente limpia, bajo cuyo gobierno la democracia brasileña se ha convertido en un ejemplo de progreso y que ha entregado el poder como marca la ley aunque considerara que el procedimiento —la destitución de la presidenta Dilma Rousseff en 2016— fuera políticamente ilegitimo. Por el contrario, Bolsonaro habla abiertamente de reformar la Constitución de una forma ilegal —mediante un consejo de notables—, quiere dar un papel preponderante al Ejército, carta blanca a la policía para matar y su candidato a vicepresidente justifica abiertamente la posibilidad de un golpe de Estado si se dan las circunstancias. No es posible seguir restando importancia a unas declaraciones inaceptables enmarcándolas como una estrategia para ganar unas elecciones. No todo vale.

Brasil no es la primera democracia que vive esta situación. Ya lo hizo Francia en 2002 cuando Jean Marie Le Pen llegó a la segunda vuelta. Entonces los franceses tuvieron claro que la democracia no tiene atajos y votaron a Jacques Chirac. Ahora es el turno de los brasileños.