Por Martín Poblete

El ultimo sábado en Beijing, dos altos funcionarios de la segunda línea de sus respectivos ejecutivos, el Sustituto del Secretario de Estado de la Santa Sede, Arzobispo Antoine Camilleri, y  el Vice Ministro de Relaciones Exteriores de China, Embajador Wang Chao, firmaron un acuerdo cuya sustancia  parece radicar en establecer normativa para el nombramiento de Obispos católicos en China. Si bien no se conoce el texto de lo firmado, de las declaraciones de las partes contratantes puede inferirse un procedimiento mutuamente aceptado por el cual el Papa Francisco reconoce a los siete obispos nombrados por el régimen chino a través de la Asociación Católica Patriótica; asimismo a futuro, el Papa nombrará los obispos de propuestas en las cuales tendrá parte el gobierno de China.  Por ahora, el solo hecho de haberse llegado a firmar un texto es, en sí mismo, lo de mayor importancia.

El Ministerio del Exterior de Beijing  entregó una declaración el sábado por la noche en que confirmaba que el  Gobierno chino y el Vaticano habían firmado un histórico acuerdo provisional sobre el nombramiento de obispos en el territorio de China.

“China y el Vaticano seguirán manteniendo un diálogo y promoviendo el proceso de mejora de las relaciones bilaterales”, reza el texto.

El Portavoz de la Santa Sede, Greg Burke, comentó que “el objetivo del acuerdo no es político sino pastoral”, y que pasa por “permitir a los fieles tener obispos en comunión con Roma y, al mismo tiempo, reconocidos por autoridades chinas”. “No es el final del proceso. Es el comienzo”, dijo Burke sobre una medida considerada como un posible primer paso hacia el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre el Vaticano y China, que fueron cortadas en 1951.

Tras la firma del acuerdo, el papa Francisco reconoció a ocho obispos chinos (a uno de ellos póstumamente) y los readmitió en comunión eclesial. “El papa Francisco desea que, con las decisiones tomadas, pueda iniciarse un nuevo recorrido que permita superar las heridas del pasado realizando la plena comunión de todos los católicos chinos”, nota un comunicado del Vaticano.

Hacia  fines de 1951, el régimen comunista chino entonces bajo el mandato de Mao Zedong, rompió relaciones con la Santa Sede, expulsando al Nuncio, varios obispos y sacerdotes; acto seguido, procedió a formar una entidad llamada Asociación Católica Patriótica férreamente controlada por el aparato coercitivo del Estado, arrogándose el privilegio de nombrar obispos y sacerdotes, en procedimiento recordatorio del Patronato Regio de las monarquías absolutas europeas de los Siglos XVII y XVIII.   Por su parte, la Iglesia abrió Nunciatura en Taiwán, de alguna manera facilitando la inserción del problema en el contexto de la Guerra Fría.   Los fieles, sacerdotes y obispos leales a la Iglesia y al Papa quedaron en la clandestinidad, sufriendo largos años de represión, persecución, cárcel.

A comienzos de la década de los 1980, estando el gobierno chino bajo el mando efectivo del Vice Primer Ministro Deng Xiaoping, mediante el Representante ante Naciones Unidas Embajador Qi Chen, siendo Arzobispo de Nueva York el Cardenal John Joseph O´Connor, se inició un complejo, a ratos alambicado, esfuerzo por establecer contacto matizado por numerosas falsas partidas, dilaciones, frustraciones, erróneas evaluaciones de ambas partes.   Los Papas San Juan Pablo II y Benedicto XVI dieron su personal apoyo al empeño por establecer conversación con China; el Papa Francisco ha sido un hábil y persistente continuador, apoyado por su Secretario de Estado, Cardenal Pietro Parolin.    El acuerdo firmado en Beijing es el resultado de muchas gestiones, en Roma y en Beijing, bajo un cuidadoso manto de confidencialidad.

Las reacciones han sido diametralmente opuestas.   El Arzobispo Emérito de Hong Kong, Cardenal Joseph Zen, describió el acuerdo como una traición; a su vez, escribiendo en Le Figaro de París,  Jean Pierre Guenois dice “Es una victoria para el régimen chino (Le Figaro, París 23/9)”.   Desde la otra banda, el Cardenal Parolin afirmó : “Por primera vez, hoy, todos los Obispos de China están en comunión con el Santo Padre, el Papa, con el Sucesor de Pedro (en Vilnius, Lituania, 22/9)”; en los medios católicos, John Allen en Crux Now  y Joshua McElwee en NCROnline coinciden al destacar un triunfo para el Papa Francisco y su equipo negociador, mas cauto, Juan Vicente Boo en el ABC de Madrid enfatiza el carácter provisional del acuerdo, sujeto a revisión en el futuro próximo.

Quedan pendientes cuestiones de la mayor importancia,  empezando por el reconocimiento del régimen chino del derecho a libertad de culto para los católicos  en China, todos, lo cual incluye el asunto de como terminar efectivamente con la clandestinidad sin represalias para los fieles leales a la Iglesia y al Papa.   En el plano diplomático, previo a restablecer relaciones con intercambio de embajadores, Beijing exigirá terminar con la Nunciatura en Taiwán, un paso doloroso pero probablemente necesario.

De los numerosos intentos por establecer contacto, puede inferirse la existencia de dos corrientes en el régimen gobernante en China, es decir en las instancias desde las cuales se ejerce el poder, en el Comité Central del Partido Comunista de China.   Un grupo, preocupado por afianzar la inserción en la Globalización, impulsó la negociación con la Santa Sede buscando sacar de en medio un asunto molesto, disfuncional;  otro grupo, de políticos ideológicamente duros, se opuso, preocupado por las implicancias de liberalizar el trato a la Iglesia, respecto del control totalitario de la sociedad.   Estas tensiones siguen vigentes,  queda por verse como se manifestarán en el curso de los meses venideros.

De materializarse los términos del texto firmado en Beijing, uno de sus beneficios podría ser  saber el número real de católicos en China, circulan cifras entre doce y quince millones, pero la condición clandestina de los fieles leales a la Iglesia y al Papa hace imposible tener números confiable