Por Manuel Acuña Asenjo

No existe explicación alguna que resulte convincente para entender por qué, incluso hoy, se sigue insistiendo en llamar ‘socialismo’, en nombre de Karl Marx, a los intentos de cambiar la sociedad actual o, incluso, a la nueva sociedad que sustituiría a la actual (‘sociedad socialista’).

La más aceptable de todas esas excusas la atribuyo a una innovación leninista que buscó adaptar las tesis de Friedrich Engels a los sucesos que conmovían a la Rusia de ese entonces, creando dos fases en la evolución de una revolución, a saber: la socialista y la comunista.

Porque el inseparable amigo de Karl Marx, ante la pregunta acerca de si sería posible instalar de golpe esa nueva sociedad, había respondido, rotundamente: “No, no será posible, del mismo modo que no se puede aumentar de golpe las fuerzas productivas existentes en la medida necesaria para crear una economía colectiva. Por eso, la revolución del proletariado, que se avecina según todos los indicios, sólo podrá transformar paulatinamente la sociedad actual, y acabará con la propiedad privada únicamente cuando haya creado la necesaria cantidad de medios de producción”.

“La democracia sería absolutamente inútil para el proletariado si no la utilizara inmediatamente como medio para llevar a cabo amplias medidas que atentasen directamente contra la propiedad privada y asegurasen la existencia del proletariado”.

Karl Marx también desconfiaba del socialismo y no vacilaba en poner de manifiesto la debilidad teórica de ese sector denunciando su incapacidad para descubrir las maniobras de la dictadura bonapartista, algo que ésta ya había comprendido en su lucha por ahogar toda oposición.

Marx y Engels eran ‘comunistas’; y no cualquier tipo de ‘comunistas’. Habían elaborado todo una estructura teórica que les iría a permitir sentar los basamentos de una obra más gigantesca aún. Y eso estaba aún por hacerse. Pero las bases estaban echadas.

Regímenes socialistas 

No debe, entonces, llamar la atención que los regímenes establecidos con la intención de modificar las bases del sistema vigente fuesen denominados ‘socialistas’. No de otra manera los consideraremos nosotros para intentar una tipología de dichos regímenes que, en modo alguno, pretende ser exhaustiva. Todas estas formas de regímenes ‘socialistas’, a pesar de su distinto origen, han presentado características que les son comunes entre las que podemos anotar como las más notorias:

En el aspecto económico. Se caracterizan por el establecimiento de un Estado interventor en lo económico.

En el aspecto  jurídico/político, una persona se instala a la cabeza del mando de la nación, con poderes absolutos, apoyada por estamentos armados o diseminados a través de toda la burocracia estatal. Por consiguiente, no se considera al gobernante como un ‘factor de unidad del Estado/nación’ —o, lo que es igual, como sujeto que solamente ejerce una simple función social—, sino como el ‘líder’, el ‘elegido’, ‘el Mesías’. “La revolución comunista no será una revolución puramente nacional, sino que se producirá simultáneamente en todos los países civilizados, es decir, al menos en Inglaterra, en América, en Francia y en Alemania. Es una revolución universal y tendrá, por eso, un ámbito universal”, como dijo Engels en su obra “Principios del Comunismo”. El propio Lenin, corrigiendo las expresiones de Engels, había sostenido que si bien era posible la revolución en un solo país había ésta de extenderse, si quería tener éxito, a toda Europa. No por algo había escrito un ensayo intitulado ‘Los Estados Unidos de Europa’ en el que ya preveía la necesidad de desatar una revolución en toda esa región considerada como continente.

En el aspecto ideológico, hay varias distorsiones teóricas que son del caso analizar. Ante todo, sostenemos aquí que los conceptos e ideas de la vieja sociedad siguen presentes en la vida cotidiana de sus habitantes en la ‘nueva’ sociedad; en palabras más directas: aún prevalece en ella todo el acervo ideológico del sistema cuya vigencia se ha pretendido interrumpir. Algunos de los hechos señalados a continuación pueden ayudarnos en entender la extraordinaria importancia ejercida por la región ideológica del modo de producción en la construcción de su alternativa.

Si bien, en la práctica, muchos de los dirigentes muestran evidentes intenciones de organizar una nueva sociedad, en teoría no elaboran ni presentan un modelo posible de la misma. Por regla general, puede decirse que hay, solamente, buenas intenciones,  pero ninguna proposición sobre el establecimiento de un nuevo modo de producción. Por lo mismo, no debe sorprender que, periódicamente, los dirigentes de esos países miren con nostalgia hacia los gobiernos democráticos del planeta y aleguen haber instaurado un ‘régimen tan democrático’ como el de aquellos.

El capitalismo

El sistema capitalista, aunque no se extienda todavía por todo el planeta, ha sido organizado para que así lo haga. Es un cuerpo social que debe hacerse planetario. Porque es un ser vivo. Y lo es porque los sistemas sociales, por definición, son estructuras sociales formadas por seres vivos. Reproducen, en consecuencia, las características de los mismos. El sistema capitalista es, en consecuencia,  una estructura biológica que se reafirma, un ser que se provee a sí mismo, que se recompone, que  se reordena, que se rearticula permanentemente. Cualquier intento de destruirlo le hace reaccionar, protegerse y, lo que es más importante, ‘vacunarse’ contra cualquier ‘infección’ que pueda amenazar su existencia.

Los numerosos análisis que se han escrito acerca del derrumbe de la URSS, a pesar de entregar valiosos antecedentes sobre las circunstancias en que dicho derrumbe se produjo, no consideran (y no tienen interés alguno en hacerlo) la falta de correspondencia entre las tesis de Karl Marx y el referido experimento. Antes bien, prefieren atribuirlo a lo que Althusser llama ‘problemas de alcoba dejando en suspenso las verdaderas causas o entremezclándolas con nimiedades. Por eso, muchas de las opiniones vertidas al respecto se atribuyen a Mijail Gorbachov por intentar un golpe de Estado del PC de la URSS en contra de quien era en ese entonces su máximo conductor; a la genialidad de Ronald Reagan y a su guerra de las galaxias, a una sucesión de hechos separatistas protagonizados por las repúblicas integrantes de la URSS y, al desplome de su economía entre otras, situación que nos conduce, nuevamente, a considerar la enorme gravitación que ejerce sobre muchos analistas la ideología del sistema vigente.

Existen, con todo, algunos otros trabajos que van más al centro del problema, entre los cuales merece citarse el libro escrito por Boris Kagarlinsky, en ese entonces dirigente máximo del partido Socialista ruso, ‘Monolito en desintegración’, publicado en Suecia a poco más de un año de producirse el suceso.

El desplome

En todo caso, pronunciarse acerca del desplome del llamado ‘socialismo real’ amerita, sin lugar a dudas, un trabajo especial al respecto. Lo amerita, igualmente, el trágico sino de Nicaragua, cuyo actual presidente, Daniel Ortega, héroe de la Revolución Sandinista, carga sobre sus espaldas y su conciencia, al momento de escribirse estas notas, la muerte de más de 350 nicaragüenses que protestaban en contra de su gobierno; y, también, el vuelco de la Cuba de Fidel que se prepara, en este mes, a reformar su Constitución con el objeto de eliminar de ella la palabra ‘comunismo’.

A estas alturas podemos concluir que los diferentes intentos de construir el ‘comunismo’ (o ‘socialismo’, para muchos) en determinada formación social han resultado infructuosos. Sabemos que en ninguna de esas sociedades se instaló un modo de producción diferente al capitalista, que la producción se realizaba con la existencia contrapuesta de compradores y vendedores de fuerza de trabajo y que, por consiguiente, existía abundante producción de ‘plusvalor’ del cual se apropiaba el Estado y, consecuentemente, la alta burocracia gobernante del país.

Sabemos que nunca se estableció en esas sociedades aquella forma de gobierno que Marx denominaba ‘autogobierno de los productores directos’ pues los productores directos eran apenas ‘trabajadores’ de un Estado que no solamente rechazaba ‘extinguirse’, sino se fortalecía día a día en manos de quienes se autoproclamaban ‘socialistas’ (‘comunistas’). Los ‘productores directos’ jamás decidieron por sí y ante sí sobre el destino del producto social sino lo hacían las burocracias estatales (y, a la vez, partidarias) o los estamentos militares en su caso, lo mismo daba. Sin embargo, esas sociedades, que se autodenominaron ‘socialistas’, hicieron notables progresos en lo material aunque, día a día, fueron asimilando su forma de producir al modelo capitalista, alejándose más y más de los ideales que condujeron a sus ‘lideres’, en un comienzo, a establecerlas para terminar, finalmente, volcándose por entero al sistema capitalista, aceptando todas sus veleidades.

La pregunta que surge, entonces, es si era o no posible el tránsito hacia una sociedad ‘socialista’ (o ‘comunista’) y si era o no posible aceptar la temeraria suposición de alguien en el sentido de creer que alguno de esos regímenes autodenominados ‘socialistas’ constituía un camino expedito hacia la sociedad del futuro.

La emergencia de todos aquellos regímenes tuvo lugar en países caracterizados por un bajo desarrollo tecnológico y con un manifiesto y sostenido atraso social. Eran formaciones sociales caracterizadas por transitar a un ritmo no acorde al que normalmente practica el sistema capitalista mundial, y esto es lo importante. Porque se trataba de naciones de las que, incluso, puede decirse que hasta iban a contramarcha con el desarrollo experimentado por dicho sistema.

Entonces, nos asalta una pregunta. Si esas naciones, que iban a contramarcha del sistema capitalista mundial y, en el curso de la sociedad ‘nueva’ que instalaron, tuvieron cierto éxito en cuanto a resolver las contradicciones de clase que existían en ellas, ¿resulta aventurado suponer que el fin u objetivo de tales revoluciones o gobiernos democráticos no fue sino poner a tono el funcionamiento de las mismas con las exigencias impuestas por el sistema capitalista mundial? En otras palabras, ¿necesitaba el sistema capitalista mundial que sucedieran esas revueltas para resolver y nivelar las contradicciones que generaba su marcha por la historia? Por supuesto, dejando en claro que poco o nada tuvo que ver la voluntad de quienes llevaron adelante tales cambios para alcanzar consecuencias tan diametralmente opuestas. Si tal consideración fuese cierta, no dejaría de ser, a la vez, atrozmente amarga pues nos pone, frente a frente, a lo sucedido en Chile con el gobierno del presidente Salvador Allende.

Nosotros sabemos que el golpe de estado es la vía normal para resolver las contradicciones de clase cuando el Estado es incapaz de resolverlas por sí mismo a través de la vía democrática. Al elegir presidente a Salvador Allende ¿había Chile decidido ir a contramarcha del sistema capitalista mundial? Desde este punto de vista, no debe sorprender que el propio golpe de estado de septiembre de 1973 en contra del régimen popular del presidente Salvador Allende, pudo ser, precisamente, una forma de adecuar al país a las exigencias cada vez más perentorias del sistema capitalista mundial pues el Chile de esos años, sin lugar a dudas, marchaba en dirección opuesta a la que seguía dicho sistema. Algo necesario de tener presente.