Por Rafael Luis Gumucio Rivas

Andrés Manuel López Obrador no tiene similitud alguna con los Presidentes del siglo XXI: nada que ver con Hugo Chávez, menos aun con Maduro, de Venezuela; tampoco con el Presidente boliviano, Evo Morales, ni con lo que fue el Presidente ecuatoriano, Rafael Correa, en su última etapa de gobierno; tal vez podríamos asimilarlo con Inicio Lula da Silva, de Brasil, o bien, a los comienzos de los gobiernos de  Eduardo Frei Montalva y de Salvador Allende, o a la buenas intenciones de los gobernantes Ricardo Lagos y Michelle Bachelet, en Chile.

López Obrador es nacionalista y popular: conoce a la perfección la historia de su país y la sociología y cultura del gran país del norte.. Sus héroes son los mismos del pueblo mexicano, Benito Juárez, Lázaro Cárdenas y, en menor medida, Francisco Villa y Emiliano Zapata. Es sureño y más bien maya y chapateca, (Habría que ser tan ignorante como Lenin Moreno, actual Presidente de Ecuador, para denominar a México “país azteca”).

Como Eduardo Frei Montalva, en 1965, bajo el mismo slogan “nacional y popular”, AMLO en México tendrá todo el poder: además de Jefe de Estado, las dos Cámaras federales, 31 de los 33 Estados, la mayoría de los Parlamentos estatales y las alcaldías. Maurice Duverger define este tipo de partido hegemónico como “partido pibote”.

El problema de los partidos hegemónicos es que el debate político nacional se lleva a cabo en la competencia por el poder en las fracciones del partido, (así le ocurrió a Frei Montalva con oficialistas, rebeldes, terceristas).

El Partido Morena podría definirse más propiamente como un movimiento, de apenas cuatro años de historia, con integrantes de ex PRD, del PAN y tránsfugas del PRI; en Morena hay tantos oportunistas como “los fresitas” en la Democracia Cristiana, en 1965, y el único que puede unir el partido-movimiento es el Presidente electo López Obrador; (esta misma estrategia la intentó Frei, en Peñaflor, con su discurso plañidero de último momento, pero fracasó, llevando al inevitable quiebre del partido). López Obrador es mil veces más pragmático que Frei Montalva: en el Partido Morena van a convivir desde empresarios del Grupo de Monterrey hasta radicales de izquierda, entre ellos Paco Taibo II. Los dos probables ministros del área económica se entienden a la perfección con el empresariado, y las políticas sociales correrán por parte del Presidente López Obrador.

Cinco meses de transición – del 1º de julio al 1º de diciembre – se transforman en un siglo en política, y es en este largo período en que se definirá el carácter del gobierno de AMLO. Hay propuestas interesantes, como instalar los ministerios en los distintos Estados – algo de esta política intentó Salvador Allende cuando gobernó desde la Intendencia de Valparaíso, pero duró poco tiempo -; otra propuesta, muy popular, es la universalidad de las pensiones y su substancial aumento.

El México que hereda AMLO cuenta con más de un 25% de de ciudadanos en extrema pobreza, sumado a un 50% de pobres, y solo un 1% de millonarios, los más poderosos del mundo. La economía mexicana, después de las políticas neoliberales implementadas desde La Madrid hasta Peña Nieto, han convertido al país en una “colonia” norteamericana. Sus dos ingresos principales provienen del narcotráfico y de las remesas provenientes de Estados Unidos. El petróleo, nacionalizado por Lázaro Cárdenas, hoy está en manos de empresas privadas, especialmente de Estados Unidos.

Los Bancos Centrales latinoamericanos  dependen de la tasa de interés que determine la Reserva Federal norteamericana:  apenas suben las tasas, las monedas locas se desploman, (véase el caso argentino). El entendimiento entre Donald Trump y AMLO, (muy conflictivo con el actual Presidente, Peña Nieto, y su ministro Luis Videgaray), será fundamental para el desarrollo y permanencia del nuevo gobierno.

Hasta ahora, Trump ha reaccionado positivamente, pero se requerirá mucho pragmatismo a fin de evitar un choque entre los dos gobiernos, sobre todo en asuntos de la migración, considerando que dentro de unas décadas, solo considerando la demografía, la mayoría de la población de Estados Unidos será mexicana y, por extensión, latina.

En política exterior AMLO es lo suficientemente pragmático para no insistir en el Tratado de Libre Comercio y privilegiar, lo que le gustaría a Trump, tratados bilaterales.

El “drama” de un triunfo tan contundente de parte de la ciudadanía mexicana es la “revolución de las expectativas”. Hoy asistimos en el mundo a una anti-política que condena gobiernos muy populares a perder el apoyo en muy poco tiempo, (el caso de E. Macron, en Francia), pues el electorado es inmediatista y volátil, y no político: pasa del amor al odio en un segundo.