Por Eugenio Rivera Urrutia

Expectación causó la visita  a Chile de la conocida intelectual Chantal Mouffe (teórica de la política de nacionalidad belga actualmente académica en la Universidad de Westminster), invitada por la Fundación Chile 21, la Fundación Frierich Ebert, COES y TECSA. Aparece como una opción política práctica frente al agotamiento del proyecto concertacionista que encontró en la Nueva Mayoría su momento más reformista que más allá de sus éxitos, sufre una crisis de legitimidad, de proyecto y aparece como incapaz de entender un Chile que ha cambiado y menos aún capaz de articular las múltiples y variadas demandas populares.

La propuesta de Mouffe plantea la discusión de si su modelo de “democracia agonista” al conceptualizar el espacio de la política solo como de conflicto abierto no descuida la relevancia de la deliberación y ejercicio de racionalidad, elementos estos últimos que pueden conformar, justamente, los mecanismos que hacen posible “domesticar el antagonismo”. Del mismo modo, parece necesario reflexionar si la proposición de la radicalización de la democracia que con razón propone la autora, como alternativa a las propuestas “revolucionarias” de ruptura institucional y de “abolición” del capitalismo logra o no cristalizar en proposiciones institucionales que permitan avanzar en la profundización democrática. Por otra parte, resulta necesario discutir si el carácter meramente colectivo que caracteriza, según Mouffe, la construcción de identidades en la relación “nosotros” contra “ellos” no desdeña el rol de los individuos y se desdibuja por tanto la dialéctica entre la construcción de las identidades colectivas y el desarrollo de los liderazgos.

En este contexto, los desafíos políticos de la construcción del proyecto democrático, parecen reducirse a la movilización de las pasiones, pues “los afectos y el deseo desempeñan un papel crucial en la construcción de la subjetividad, confirmándose que constituyen las fuerzas motrices de la acción política”.

Del asalto al palacio de invierno al proyecto de democracia radical

No sin razón, Mouffe llama la atención sobre el descuido con que las izquierdas, en particular la socialdemocracia, han tratado el tema de los afectos, las emociones y las pasiones. Como contrapartida, la autora llama la atención de que los populismos de derecha han comprendido plenamente la relevancia de las pasiones en política. Sería trágico, sostiene la autora, que el terreno de las pasiones se le dejara al populismo de derecha. En ese contexto, Mouffe sostiene que la política de izquierda tiene que pensarse como “populismo de izquierda”. Es cierto sin duda que los afectos y las pasiones son y han sido parte constitutiva de la política.

Un aporte fundamental del pensamiento de Chantal Mouffe es la crítica al “revolucionarismo” que pese a las numerosas experiencias históricas de revoluciones fallidas sigue vigentes en muchos planteamientos políticos. La profundización democrática, esto es el avance en el autogobierno y en la superación del capitalismo no es ni puede ser el resultado de “un asalto al palacio de invierno” (De ahí que Mouffe se distancia de la idea de que de lo que se trata es de “abolir el capitalismo”).

Del mismo modo, señala la autora que el proyecto de una democracia radical no termina nunca en una democracia absoluta como sostienen Negri y Hardt: “la idea propagada por ambos autores de una democracia absoluta, un Estado de inmanencia radical más allá de la soberanía, en la que una nueva forma de auto organización de la multitud que reemplaza el orden estructurado por el poder, es la forma postmoderna de la nostalgia por un mundo reconciliado – un mundo, en que el deseo de un Orden triunfa y la constitución inmanente del orden de la multitud derrota la constitución trascendente del poder del Estado, un mundo en que lo político se eliminaría” , en Über das Politische 2007 p. 150). Como señalan Laclau y Mouffe en “Hegemonía y democracia radical” : “Entre la lógica de la identidad completa y la de la pura diferencia, la experiencia de la democracia debe consistir en el reconocimiento de una multiplicidad de lógicas sociales junto con la necesidad de su articulación. Pero esta articulación debe ser constantemente recreada y renegociada, y no hay un punto final donde el equilibrio se alcanza definitivamente” (P. 188)

¿Cuál es el espacio de la política en el modelo de “democracia agonista”?

Chantal Mouffe en sus numerosos y variados escritos sostiene que el pensamiento político sólo se produce si se reconoce que existe división de pareceres y un potencial antagonismo en los conflictos políticos derivado de que ellos exigen elegir entre opciones alternativas. Para Mouffe la vida política no puede liberarse de su carácter antagónico “dado que su actividad se circunscribe a la acción pública y a la formación de identidades colectivas”.

Su objetivo, sigue diciendo, “es construir un ´nosotros´ frente a un “ellos” lo que implica que en determinadas condiciones esa relación puede adoptar la forma de una confrontación antagónica (esto es que no admite una solución racional). Por ello, señala Mouffe, la meta final de la política democrática “no es alcanzar un consenso en el que no haya exclusión – lo que equivaldría a crear un ´nosotros´ sin un ´ellos´ – sino construir esa distinción de un modo que sea compatible con las instituciones democráticas.

Sin duda que la teorización sobre el antagonismo que caracteriza a lo político según Mouffe (cuya referencia fundamental es Carl Schmitt, “Der Begriff des politischen” , esto es ”El concepto de lo político”) es fundamental para entender el conflicto político. Más importante todavía es el concepto de Mouffe de “democracia agonista” esto es una democracia pluralista que si bien no niega la dimensión antagónica de lo político difiere de la concepción antagónica de lo político “no en que admita un consenso, sino en que no se considera al oponente como un enemigo a destruir; más bien como un adversario cuya existencia es percibida como legítima” (Mouffe, 2016, p. 26.)

No obstante, el análisis de la autora presenta una déficit fundamental, asociado sin duda al origen de su comprensión de lo político y probablemente al contexto político en que vivía América Latina cuando se generan su planteamiento fundamental en el libro Hegemonía y Estrategia Socialista (1985, en conjunto con Ernesto Laclau). En efecto, Mouffe descarta taxativamente una solución racional conjunta entre las partes en conflicto debido a que el campo de la política no es terreno neutral y que por el contrario genera un cuestionamiento de la hegemonía dominante y las relaciones de poder que estructuran el orden social (Mouffe 2016, p. 27 – 28)

El modelo de democracia agonista de Mouffe enfrenta una contradicción no resuelta. Su objetivo es “domesticar el antagonismo” de manera que el “nosotros” y el “ellos” no se entienda como enemigos sino como adversarios legítimos. No se entiende sin embargo, que formas adquiere la política y qué rol juegan la deliberación política, la negociación de intereses y la estructuración de consensos en la democracia agonista mientras mantiene vivo el esfuerzo por domesticar la siempre presente posibilidad del antagonismo.

Más incomprensible es aún el rechazo o la imposibilidad conceptual de un consenso racional, que puede constituir el último medio para evitar que el conflicto entre adversarios se transforme en confrontación antagónica.

Más importante aún, es quizás, la débil presencia en la reflexión de la autora de lo que ella llama las instituciones del modelo de “democracia agonista”. Así es como la reflexión de la autora no va más allá de reconocer que se requiere un “acuerdo sobre los principios ético políticos que dan forma a la asociación política” y la necesidad de proveer espacios (institucionales) para que se dé una confrontación real propia de la democracia agonista.

Cuáles son esas instituciones es una pregunta que queda sin respuesta. Ello es sin embargo fundamental pues la lucha por la democracia no es sólo un problema del momentum revolucionario, del advenimiento del poder de la mayoría como un momento único, sino que se refiere también a la construcción de las instituciones democráticas que hacen realidad la idea del autogobierno y la disposición permanente a luchar contra los recurrentes esfuerzos por limitar el autogobierno ciudadano. En este contexto, surge la pregunta si la falta de desarrollo de este tema tiene que ver con que abordar las instituciones de la confrontación democrática exige entrar en el terreno en que la teoría democrática “tradicional” tiene un largo camino recorrido.

La construcción de las identidades colectivas y el liderazgo

 

 

En el análisis de la autora se  tiende a no aparecer la dialéctica entre los liderazgos y la constitución de las identidades colectivas. Las pasiones en política no se desarrollan independientes del liderazgo, los sentimientos colectivos transformados en pasiones políticas cristalizan en torno a liderazgos individuales que encarnan las ideas y sentimientos que movilizan a las masas.

En la construcción del liderazgo el cálculo estratégico promueve/utiliza las pasiones de la población surgidas en momentos de crisis, en la acumulación de frustraciones y en la sensación colectiva de que se enfrentan amenazas a la supervivencia. En este contexto, si bien la política no es nunca sólo racionalidad ni instrumental ni deliberativa tampoco se construye sólo por las pasiones. La construcción de coaliciones es también un proceso de deliberación política, de convencimiento y de gestión política. También tiene que ver con la capacidad de desarrollar fórmulas que permitan replantear los problemas políticos generando nuevos espacios de entendimientos y de reformulación de los términos del conflicto.

En este contexto, la falta de reflexión sobre el liderazgo dificulta dar cuenta de situaciones en que un proyecto democrático en su inicio, se transforma en su contrario, esto es en un obstáculo para el avance de la democracia radical. Ello pese a que Mouffe y Laclau, reiteradamente han resaltado el carácter contingente de todo proyecto democrático lo que implica la posibilidad siempre presente de que lo que fue progresista deje de serlo.

En sus propias palabras: la democracia agonística (*) requiere abandonar la idea de que hay una única verdad, y de que nosotros la poseemos; por el contrario supone asumir la radical contingencia de nuestras creencias. Con base en este argumento, desde mi punto de vista es posible entender la crisis terminal del proceso vivido por el llamado “socialismo del Siglo XXI” en Venezuela. Sin duda la figura de Chávez articuló, en el contexto del colapso del sistema político venezolano, lo que Mouffe denomina un “proyecto democrático radical” una “articulación política contingente” de amplias identidades populares que le dio una salida a la larga crisis que enfrentaba el país generando cambios relevantes en la distribución del ingreso.

Pero el proyecto democrático colapsa por la falta de un modelo y política económica alternativo y por su creciente irrespeto a las instituciones democráticas. ¿Qué queda del proyecto democrático radical en un país en que la economía marcha a tropezones, su principal actividad económica, la producción de petróleo se desmorona, del que miles de venezolanos huyen, en que la principal actividad de los ciudadanos es buscar los alimentos básicos y en que la manipulación de las instituciones democráticas fundamentales neutraliza la decisión democrática? Sin embargo, la falta de una concepción de la relación entre la construcción de las entidades colectivas y el desarrollo del liderazgo impide analizar este tipo de procesos.

Pasiones y populismo

Está muy presente en el debate político chileno la ruptura que ha tenido lugar entre las organizaciones políticas y la ciudadanía y los movimientos sociales. A ello ha contribuido, sin duda, la comprensión de la política como administración de las cosas y no como construcción de lo social. La política como problema de expertos y como cálculo meramente tecnocrático termina siendo abandonada por la ciudadanía.

No sin razón, Mouffe llama la atención sobre el descuido con que las izquierdas, en particular la socialdemocracia, han tratado el tema de los afectos, las emociones y las pasiones. Como contrapartida, la autora llama la atención de que los populismos de derecha han comprendido plenamente la relevancia de las pasiones en política. Sería trágico sostiene la autora que el terreno de las pasiones se le dejara al populismo de derecha. En ese contexto, Mouffe sostiene que la política de izquierda tiene que pensarse como “populismo de izquierda”. Es cierto sin duda que los afectos y las pasiones son y han sido parte constitutiva de la política.

En el caso chileno, los partidos de centro izquierda fueron siempre puntos de encuentro (piénsese en los clubes radicales y en el rol social que jugaron los sindicatos y los partidos) y de creación de sentido de comunidad. No obstante, la derecha populista genera pasiones pues explota los instintos menos nobles de la ciudadanía y ello basado con frecuencia en las “fake news” (las noticias falsas) y en las manipulaciones más groseras.

La construcción del pueblo, de la comunidad política, el desarrollo de la solidaridad y del sentido de comunidad con el inmigrante por ejemplo plantea desafíos radicalmente distintos. Por ello es que el proyecto democrático radical no es concebible como las antípodas de los movimientos xenófobos y fundamentalistas de la extrema derecha.

(*) Este matiz es utilizado por Mouffe pa ra distinguir un conflicto ‘agonista’ de uno antagonista. Desde un punto de vista ‘agonista’, un conflicto entre rivales que se oponen políticamente, pero que se conciben como legítimos participantes del debate, es sano para una sociedad democrática.

Para Álvaro Oleart de El Periódico de Cataluña  “El conflicto es inherente a la política: no es posible concebir un debate político sin conflicto. Asumiendo tal premisa, Chantal Mouffe ha desarrollado la teoría de una democracia ‘agonista’, en la que el conflicto entre posturas ideológicas opuestas se canaliza de tal forma que los diferentes actores se conciben unos a otros como rivales, en lugar de enemigos. Este matiz es utilizado por Mouffe para distinguir un conflicto ‘agonista’ de uno antagonista. Desde un punto de vista ‘agonista’, un conflicto entre rivales que se oponen políticamente, pero que se conciben como legítimos participantes del debate, es sano para una sociedad democrática. El objetivo de un debate ‘agonista’ no debe ser llegar a un consenso entre los actores políticos, como asumen teóricos de la democracia deliberativa, puesto que la oposición entre ellos no puede llevar a los actores a aceptar una decisión común y ‘racional’ que es buena para todos. Por el contrario, el objetivo de un debate agonista debe ser el compromiso, un concepto bien diferente al del consenso. Llegar a un compromiso entre actores rivales implica que ni unos ni otros acabarán totalmente satisfechos con el resultado, pero todos lo aceptarán como legítimo.