Por Walter Krohne

En los días que le quedan en La Moneda, la presidenta quiere cumplir todas las promesas realizadas en campaña, aunque sea solamente en forma de “enunciados” o proyectos básicos que seguramente quedarán colgados en el Congreso por mucho tiempo o quizá para siempre, pero también quiere cumplir con las visitas prometidas con el mundo exterior, como se ha visto ahora en su reciente viaje relámpago a Cuba.

Este viaje era importante para ella por involucrar a su sector político con el que está fuertemente ligada: el socialismo duro, que incluye a los comunistas. Los organizadores de esta visita mostraron encuentros en La Habana con  interesantes objetivos  comerciales  que abrirían las puertas de nuevas inversiones para el futuro, que hasta ahora son desconocidas y poco probables. Pero así se podía justificar una visita completamente innecesaria y a un costo de cientos de miles de dólares, especialmente ahora en un momento en que tanto la Presidente Bachelet como el Presidente Castro son “salientes” y prácticamente están impedidos de hacer compromisos por el término de sus mandatos.

Para los expertos estos objetivos económicos son irrelevantes por el momento político en el que se encuentra Cuba, contrariando a la voz oficial representada por la vocera Paula Narváez.  Hay que revisar los registros oficiales: Exportaciones de Cuba desde Chile en 2017: 0,04% del total chileno y no existen inversiones cubanas productivas en el territorio chileno o posibilidades de concretarlas.

Además como escribió un analista las relaciones con Cuba carecen de interés para Chile porque no hay valores compartidos y la situación de la isla y de su pueblo es catastrófica: solo cabrían ayudas humanitarias, reclamar por la violación sistemática de sus derechos humanos y dar acogida a cubanos que huyen del régimen castrista, pero esto no figuró al parecer en la agenda de la mandataria Bachelet, a pesar que ella sabe muy bien que Cuba apoya a Bolivia en su demanda marítima con Chile.

Para darle un mayor sentido a esta visita se involucró al ministro de economía Jorge Rodríguez Grossi, un democratacristiano, que espera dentro de su partido tiempos mejores a los que vive en la actualidad. El canciller Heraldo Muñoz, viejo zorro de la política internacional chilena, brilló por su ausencia.12 de Febrero de 2009 | 13:18 | Patricio Yévenes, enviado especial a La Habana

Como había que organizar algo que demostrara el interés económico de la visita presidencial se realizó un seminario en el Hotel Nacional de La Habana con el original título “Perspectivas  de Comercio e Inversiones Chile-Cuba, donde Bachelet defendió la política de relaciones exteriores de su administración, mencionando, entre otros ejes, los derechos humanos, aunque no aludió a la situación actual en Cuba en este campo. Al igual que en otros seminarios similares, Bachelet alabó su propia política internacional que “ha estado dirigida a impulsar el entendimiento entre los pueblos, la democracia, los derechos humanos, favorecer la paz, fortalecer las relaciones económicas y trabajar en cooperación en los diferentes ámbitos”, como ella misma dijo en La Habana.

El 12 de febrero de 2009, Bachelet se reunió

           con Fidel Castro en La Habana

La delegación chilena destacó lo suyo, todo lo del gobierno de Bachelet, y los cubanos hicieron lo mismo pero a su modo histórico y tradicional: “El bloqueo económico comercial y financiero impuesto por el gobierno de los EE.UU. mantiene plena vigencia y provoca inmensos daños al pueblo cubano y es el principal obstáculo a nuestro desarrollo”, como declaró el ministro de Comercio Exterior e Inversión Extranjera de Cuba, Rodrigo Malmierca.

La Presidenta se reunió por 40 minutos con el Presidente Raúl Castro (en el Palacio de la Revolución),  y una hora con el Arzobispo emérito de La Habana  Jaime Ortega Alamino, quien ha jugado un importante papel en la defensa de los presos políticos cubanos y en el proceso de apertura que ha experimentado el régimen castrista hacia la propia Iglesia e incluso con Estados Unidos, negociaciones en las cuales participó personalmente como enviado especial del Papa Francisco.

Todo lo tratado, en ambos encuentros, quedó en el más estricto secreto, es decir todo se desarrollo en un “exquisito ambiente de transparencia, como ocurría en la guerra fría”, según la descripción de un analista internacional.

Bachelet estuvo con Castro a puertas cerradas y posteriormente hubo una reunión ampliada, de 15 minutos de duración, donde se sumó la delegación política que acompañaba a la Presidenta y parte del gabinete del gobernante cubano. Tras el encuentro, no hubo punto de prensa ni comentarios sobre lo abordado.

Y esto fue todo. Así terminó el comentado viaje a Cuba de Bachelet,  condenado por la derecha e ignorado por el resto del país, con excepción de lo poco que queda de la DC que presionó para que, durante la estancia presidencial en la isla carbeña, se abordara la situación de los derechos humanos y se reuniera con la disidencia.

La disidencia cubana, que lucha por una verdadera democracia en la isla,  se quedó esperando una conversación pendiente con la “vocera  de la democracia del cono sur”, porque por razones políticas esto no fue posible. Gran desilusión en un momento en que las relaciones iniciadas por el ex Presidente Barack Obama,  entre Washington y La Habana, han sufrido un importante retroceso tras la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y su decisión de retroceder en los avances obtenidos por su antecesor.

No faltaron en la visita los icónos de la revolución como las de Ernesto “Che” Guevara y Camilo Cienfuegos ubicadas en el edificio del ministerio del Interior y el de Informática y Comunicaciones, lugar que simboliza los combates de la Sierra Maestra liderados por Fidel Castro en 1957. En ese lugar, el actual presidente y  hermano de Fidel, Raúl, recibió a Bachelet, quien tras pasar revista a las tropas militares presentó uno a uno a los miembros de su delegación, partiendo por el embajador de Chile en La Habana, Ricardo Herrera, y el ministro de Economia, Jorge Rodriguez Grossi.

¿Será otra visita “histórica” que no quedará tampoco registrada en la historia política de América Latina?