Por Camilo Escalona

En su raíz más profunda la justicia surgió como un avance civilizacional para proteger o, al menos, mitigar el desamparo del débil ante el fuerte, del indefenso frente al poderoso. La ley de la selva no debía prevalecer.

Fuese en la filosofía, la religión o el derecho, “dar lo justo”, es decir, hacer justicia, tuvo su origen en la aspiración a la armonía social o el imperio de la virtud humana, aquella que fuese paulatinamente avanzando hacia el cese de crueles abusos y humillaciones, menoscabos o discriminaciones que han marcado con una dura huella, la organización social de los humanos a lo largo de milenios de convivencia social

Al inicio “administraron justicia” los jefes de tribus, luego los monarcas bajo el absolutismo, después con la separación de poderes y la formación del Estado moderno, surgieron los Tribunales de Justicia como un Poder independiente, para asegurar que su acción no fuese intervenida por gente poderosa, gobernantes o dueños de la riqueza, ni por ningún factor que alterara su imparcialidad y rigor en la función vital que ejercen para la estabilidad institucional, las relaciones humanas y la paz social.

Sin embargo, esta fundamental institución se constituye de hombres y mujeres, de larga preparación profesional, que al cumplir su tarea, es decir, dictar un fallo, pueden errar. Por eso, hay formas de apelación, pero también es susceptible de error su máxima jerarquía. Es lo que acaba de ocurrir a Nabila Rifo.

Hace poco más de un año, su caso conmovió a Chile. Fue golpeada brutalmente, abandonada en la calle, quedó inconsciente, y en situación de total desamparo; su agresor le arrancó los ojos en un acto de increíble alevosía. Salvó su vida dramáticamente. Con valentía dio a conocer su drama, en audiencia pública, ante el Tribunal que juzgó su terrible situación. Así ha dado una larga lucha por la justicia.

A pesar de todo aquello, al tramitar  la apelación de la defensa, la sala penal de la Corte Suprema dictaminó que no hubo “femicidio frustrado”, como fue la resolución del Tribunal de Coyhaique. Con ello, la víctima es defraudada y la perplejidad del país no puede ser mayor. En rigor, ahora ya es imposible saber qué puede ser o no un femicidio frustrado.

La agresión que sufrió Nabila Rifo es tan brutal y alevosa que se encuentra con vida exclusivamente porque la ciencia médica logró salvarla. No solo fue mutilada de sus ojos, además su cráneo fue severamente dañado; sólo recursos tecnológicos de última generación le permiten vivir, lo que era imposible de lograr hasta hace pocos años.

Es increíble que se diga que no hubo “dolo”, y que el agresor no quiso “matar”, o que se afirme entender la emocionalidad de quienes no comparten el fallo, pero que no afecta el dictamen que es “racional”, dando por lo opuesto a quienes piensan diferente.

Este fallo deja al Estado en pésima situación, resulta ser incapaz de hacer justicia, una de sus misiones esenciales y que le justifican en cuanto tal. Más aún, es un retroceso tremendo en el esfuerzo de frenar la violencia contra la mujer, una de las peores lacras en la convivencia social del país, que inició hace tiempo una dura lucha para terminar ese flagelo.

Esta semana, en muchos hogares, debe haber primado el desconsuelo, muchos agresores han comprobado la debilidad del Estado, pero hay que perseverar, porque hay ocasiones en que la justicia o no llega al objetivo, o queda a medio camino, pero a pesar de ello, es una brega irrenunciable, en la que Chile, tiene mucho que aprender todavía.