Por Jorge Leiva

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Los científicos definen el Punto Cero en la Teoría del Vacío Cuántico. El Punto Cero modifica nuestros conceptos acerca del mundo.  Sostienen que en los primerísimos instantes de vida de nuestro Universo, este vacío primordial dio lugar al nacimiento de las primeras partículas de materia y de luz, y desde ahí genera todo lo observable. En términos simples, el Punto  es la fuente de todos los campos conocidos: electromagnético, gravitatorio y nuclear.

¿Que nos puede aportar la teoría cuántica a la comprensión de los fenómenos políticos? Pues justamente la tensión que crea un vacío con la presencia de fuerzas de igual magnitud energética. Chile es un país en empate social, incluso desde la salida de la dictadura. Ganar el poder es jugar por ganarse un margen muy estrecho de diferencia. Esto genera una estructura de sociedad condensada de la energía social  que contiene el vacío en su seno. Este vacío se produce recurrentemente en la tensión dialéctica de dos proyectos de país. Una tensión que hoy está en el Punto Cero, como exponíamos en una columna pasada.

Nadie duda que la agenda política, económica y social que Chile requiere abordar, es suficientemente conocida y acordada. Los programas políticos no pueden ir ni más allá ni más acá de ella. Pobreza, igualdad, inclusión, seguridad ciudadana, convivencia social,  son sus ejes centrales  Este gobierno la ha desplegado con todas las limitaciones, imperfecciones y errores que se le quiera atribuir. Pero la agenda desarrollada es “la agenda”. Esto ni la derecha lo discute.

¿Dónde está el problema entonces?

En profundizar un diálogo nacional de cómo avanzar en esa agenda.

En el fondo, lo que planteó Lagos, pero que al igual que Radomiro Tomic en 1970, no fue escuchado.  Y esto es porque, al igual que entonces, existen dificultades en la imaginación política, sobre todo en la izquierda.

Con mucha lucidez, Boaventura de Sousa Santos, cientista social portugués, aludiendo a las dificultades de la imaginación política, señala la primera dificultad de la izquierda: Es tan difícil imaginar el fin del capitalismo como es difícil imaginar que el capitalismo no tenga fin.

Esta dificultad, sostiene de Souza, ha dividido el pensamiento crítico en dos vertientes de la izquierda. Una se ha dejado dominar  por la primera dificultad, esto es, la de la imposibilidad del fin del capitalismo.  Esto la lleva a centrar su creatividad en reducir los costos sociales de la acumulación capitalista y del capitalismo salvaje. La socialdemocracia, el keynesianismo, el Estado de bienestar y el Estado desarrollista de los años sesenta fueron las formas políticas de este modus vivendis. En Latinoamérica el Brasil de Lula da Silva y el Uruguay de Mujica y Tabaré Vázquez, son los mejores representantes de  esta vertiente

La segunda vertiente de la tradición crítica, señala este autor,  no se deja dominar  por la primera dificultad y, por lo tanto, vive con intensidad la segunda, la del posible fin del capitalismo. Pero esta a su vez tiene una doble capa, porque, ante eso, debe imaginar alternativas post capitalistas. Alternativas que deben ser distintas a los extintos (y fracasados) “socialismos reales”, y que se nutren en este continente de alternativas precapitalistas, anteriores incluso a la conquista y el colonialismo.

Los procesos políticos de Bolivia , Venezuela y Ecuador,  dan cuenta de esta vertiente. La contradicción que deben enfrentar es severa cuando cuentan con una masa significativa de población indígena: Por un lado, los gobiernos se sitúan en el terreno hipotético de un post capitalismo, mientras esas masas campesinas indígenas imaginan una sociedad construida a partir del pre capitalismo.

La complejidad de la coexistencia de las dos vertientes es lo que más caracteriza al continente latinoamericano en esta etapa de su desarrollo, según este autor.  Sin embargo, en Chile esta coexistencia, aunque existe,  no se hace tan visible debido a la poca claridad de las posiciones de los actores políticos, o tal vez por  ausencia de análisis en el seno de los partidos. Aun se hace muy difícil verla en decisiones políticas como, por ejemplo, lo fue la designación del candidato Presidencial del Partido socialista hace algunos días (¿A cuál de las dos  lógicas obedecía esa decisión?)

Pero las dos vertientes existen y están en el corazón de las tensiones de la izquierda, lo que complejiza sus procesos de construcción de plataformas comunes para enfrentar o “resistir”  al sistema y avanzar en su reemplazo

A esta dificultad, este mismo autor, Boaventura de Sousa Santos, llama “el difícil problema de la izquierda”.

Señala que todos los procesos revolucionarios modernos ha sido procesos de ruptura basados en dos pilares: la resistencia y la alternativa. El equilibrio entre estos pilares es decisivo para eliminar lo viejo (hasta donde ello sea necesario) y hacer nacer lo nuevo (hasta donde ello sea posible). Precisa que por izquierda se debe entender el conjunto de teorías y prácticas transformadoras que en los últimos cincuenta años han resistido a la expansión del capitalismo y que se hicieron con la convicción de un futuro post-capitalista. Esto es, de una sociedad alternativa.

Pero parece que el destino de los movimientos de izquierda en los hechos ha sido permanecer en la resistencia y avanzar muy poco en la superación del sistema.

En  el caso de Chile hoy, el desafío de la izquierda es justamente superar este desequilibrio. Para ello, se requiere  formular teorías y prácticas sociales que vayan dando forma a una “vía de desarrollo no capitalista”. Esta debiera ser la única línea divisoria entre los militantes de izquierda, y al menos estos temas deberían estar en el debate de sus partidos.

Para acometer esta tarea  se requiera abandonar trasnochados enfoques ideologizados e ideologizantes repetidos como slogan y, dar paso a reflexiones serias acerca del tipo de sociedad que queremos construir, promoviendo un diálogo social  donde no sobra nadie, y donde el eje se trate de sumar más que de restar.

El desafío de esta hora requiere que los cuadros políticos asuman una postura modesta y de humildad y dejen de sentirse dueños de la verdad, con prácticas a veces marcadas por la soberbia, la arrogancia  e incluso el narcisismo.

Alguna vez pasamos por esto, y desde nuestra militancia de entonces nos enfrentamos al “Punto Cero”, con ideas  que plasmamos en el Programa Presidencial de Radomiro Tomic. Hoy pareciera que el eterno retorno, ese concepto circular de la historia, nos sitúa de nuevo en el mismo lugar. “El difícil problema de la izquierda” (en este caso de la izquierda chilena) es darse cuenta de eso. La historia nos ha mostrado dramáticamente las consecuencias de cuando eso no ocurre.